30 mil personas al día, mil doscientos cincuenta por hora, una media de cincuenta por minuto.Ni siquiera agosto, con su calor insoportable consigue disuadir a los cientos de personas que cada mañana esperan las largas colas en la Plaza de San Pedro con el objetivo de visitar la tumba de Juan Pablo II.
Un río de gente de todo el mundo que triplica el numero de visitantes de los museos vaticanos. Una estatua de San Pedro les da la bienvenida y van pasando en grupos de cincuenta.
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“A veces hay momentos de menos gente, pero habitualmente es un fluir continuo, sería un golpe de suerte tener que esperar poco, no tener que hacer cola”.
Los grandes pasillos, de suelos de mármol y paredes blancos, nos conducen a las primeras tumbas de pontífices que hoy son parte de la historia: Juan Pablo I, Pablo VI, y Pío XI.
Junto a ellas se encuentran los restos de Juan Pablo II el Grande, de un blanco armónico y un diseño minimalista, que desprende tanta humildad como la del propio Karol Wojtyla.
Católicos y no católicos notan cómo el ambiente envuelve a las visitantes en una paz acogedora.
En un silencio rotundo, unos hacen fotos para inmortalizar el momento, otros, rezan a los pies de la tumba, los fieles depositan cartas, rosarios, e incluso fotos en el sepulcro del Santa Padre.
Una barrera impide a los peregrinos tocar la tumba, pero no supuso un obstáculo para el secretario personal del difunto Papa, Stanislaw Dziwisz.
En un momento de sencilla emoción, el arzobispo se arrodilló y besó la losa de mármol que cubre el lugar donde reposa Juan Pablo II.
Su muerte ha dejado un vacío que será difícil de llenar, aun así le visitan de todas las partes del mundo.
En vida pudo mover a millones de personas en las Jornadas Mundiales del la Juventud, y en sus viajes por todo el mundo. Ahora son los fieles y no fieles quienes se acercan a saludarle.