
11 de noviembre, 2009. Queridos hermanos y hermanas: esta mañana quisiera hablaros de la Orden de Cluny, un movimiento monástico de gran importancia en la Edad Media, que restauró la observancia de la Regla benedictina.
Puso la celebración litúrgica en el centro de la vida cristiana, ensalzándola con la música sacra, la arquitectura y el arte, convencidos de que es participación en la liturgia celestial. Enriqueció también el calendario litúrgico, añadiendo, por ejemplo, la conmemoración de los fieles difuntos, que hemos celebrado hace unos días. Cluny, fundado precisamente hace mil cien años, adquirió muy pronto fama de santidad, y dio origen a casi mil doscientos monasterios en diversos países de Europa.
Su portentosa difusión fue debida también a su dependencia directa del Romano Pontífice, que liberaba a los monasterios de las injerencias de las autoridades locales. Así pudieron oponerse eficazmente a la simonía en la concesión de los oficios eclesiásticos, y a fomentar mayor estima por el celibato y la moralidad de los sacerdotes. Además, los monjes de Cluny se ocupaban de los necesitados, de la educación y la cultura, cuando no había instituciones para ello, y a crear espacios de paz, en una época de mucha violencia. Todo esto abrió las puertas al reconocimiento del valor de la persona humana y a la necesidad de la paz.
Saludo a los peregrinos de lengua española, en particular a los venidos de España, El Salvador, Argentina y otros países latinoamericanos. Que sepamos apreciar y cultivar los bienes del espíritu y el verdadero humanismo de los monjes de Cluny.
Muchas gracias por vuestra atención.