9 de diciembre, 2009. Como en las últimas catequesis, hoy quisiera presentar la figura de otro monje del siglo doce. Se llama Ruperto di Deutz.
Según una costumbre de la época, siendo aún niño fue acogido en el monasterio benedictino de San Lorenzo, donde recibió una esmerada educación. Desde muy temprana edad, manifestó su amor por la vida monástica y su adhesión total a la Sede de Pedro. En el año mil ciento veinte lo nombraron Abad de Deutz, donde vivió hasta su muerte.
Ruperto nos ha dejado una gran cantidad de obras que todavía hoy suscitan un enorme interés. Fue muy activo en diversas discusiones teológicas, como por ejemplo en la defensa de la presencia real de Cristo en la Eucaristía, o en su convicción de que el origen del mal se encuentra en un uso erróneo de la libertad humana, defendiendo así la absoluta bondad de Dios. En el centro de su reflexión teológica y bíblica nos encontramos siempre con Jesucristo, como punto de unidad de toda la historia de la salvación, desde la Creación hasta el final de los tiempos.
Queridos amigos, Ruperto de Deutz es una figura ejemplar de un teólogo fervoroso que, como todos los representantes de la teología monástica, supo conjugar el estudio racional de los misterios de la fe con la oración y la contemplación, considerada ésta como el culmen de todo conocimiento de Dios.
Saludo a los fieles de lengua española, en particular a los miembros de la Hermandad del Santo Entierro y de Nuestra Señora de la Soledad, de Dos Hermanas, a los jóvenes de Cancún-Chetumal y a los estudiantes de Monterrey, así como a los demás grupos venidos de España y otros países latinoamericanos. A todos os invito a reconocer con agradecimiento la presencia de Cristo en el Pan eucarístico y en su Palabra. Muchas gracias.