28 abril 2010. Queridos hermanos y hermanas:
Deseo hoy hablar de dos sacerdotes que vivieron su ministerio
entregados
totalmente a los más pobres y que supieron encontrar en su relación con
Dios
la fuente de su acción, con la convicción además de que no se puede
ejercer
la caridad sin vivir en Cristo y en la Iglesia.
San Leonardo Murialdo,
tras
superar una profunda crisis espiritual, se hizo sacerdote y fundó la
Congregación de San José, cuyo fin era la educación de la juventud
pobre. El
amor misericordioso de Dios es el núcleo central de la espiritualidad de
san
Leonardo. Ante la grandeza de la misión del sacerdote, como continuador
de la
obra de la redención de Cristo, recordaba a los presbíteros la
responsabilidad
de una vida coherente con el sacramento recibido.
San Juan Benito
Cottolengo,
por su parte, mostró desde joven una gran sensibilidad hacia los pobres.
Después de unos años de ministerio sacerdotal fructuoso, el encuentro
con una
joven madre de cinco niños enferma, y a la que tuvo que asistir en su
muerte,
cambió su vida. Fundó la obra denominada "Pequeña Casa de la Divina
Providencia", para atender a los más necesitados.
Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, de modo
particular a
los miembros de la Congregación fundada por el Beato José Tous y Soler,
acompañados por el Cardenal Antonio Cañizares y Monseñor Marcelo Arturo
González, Obispo de Santa Clara, así como a los fieles venidos de
España,
México y otros países latinoamericanos.
Inspirados por el ejemplo de los
santos pastores, os invito a todos a seguir rezando por los sacerdotes,
para que
continúen entregándose con alegría y fidelidad en el cumplimiento de la
misión que se les ha confiado. Muchas gracias.