8 de mayo, 2011. (Romereports.com). Rita Megliorin es la enfermera jefe que asistió al papa Juan Pablo II las dos últimas veces que estuvo en el Policlínico Gemelli. Pocos vivieron tan de cerca el día a día del sufrimiento del Papa.
Rita Megliorin
Enfermera Jefe, Policlínico Gemelli“Atendí al Papa en sus últimos momentos porque era la enfermera jefe de la sala de reanimaciones y por ello era responsable de estos pacientes. Fue una encuentro absolutamente casual y al principio no me sentí preparada para este tipo de encargo”. “Con el paso del tiempo me di cuenta que había algo de extraordinario en nuestra relación, una relación plena que iba mucho más allá de él como hombre. Había en él algo que llegaba a la parte más trascendental del ser humano”. La enfermera lo consideró un privilegio. Dice que el Papa nunca se quejó de nada, ni siquiera en los momentos de mayor sufrimiento.
Todas las mañanas entraba en su habitación. El Papa ya estaba despierto desde las 3 ó 4 de la mañana para rezar.
Rita Magliorin
Enfermera jefe Policlínico Gemelli“Me acercaba a su cama y le decía: “Buenos días Santidad, hoy también hace sol” porque todos los días de su enfermedad estaban repletos de sol”. “Me arrodillaba y él me daba la bendición y me acariciaba el rostro. Entonces comenzaba nuestra jornada. Yo hacía mi deber de enfermera inflexible y él su papel de enfermo inflexible y exigente”.
Asegura que el Papa siempre quiso conocer las condiciones en que se encontraba y cuando no entendía las explicaciones médicas que le daban pedía que se las aclarasen.
Juan Pablo II no paró de preguntar por el resto de enfermos del hospital y de rezar por ellos aún en sus momentos más difíciles.
Megliorini fue una de las pocas personas que fue llamada al apartamento del Papa en sus últimas horas de vida para despedirse de él.
Rita Magliorin
Enfermera jefe Policlínico Gemelli“En ese momento pude constatar, una vez más, la grandeza de Juan Pablo II, que estuvo consciente hasta el final y que no dejó de mirar el cuadro de Cristo crucificado. Su habitación estaba llena de luz y no existía la dimensión del tiempo ni del espacio. Hasta el final llegaban por la ventana los cantos de los jóvenes y los rezos de los fieles en la plaza. Fue un momento inolvidable”.
Tuvo la oportunidad de despedirse del Papa de la misma manera que lo había saludado cada día en el hospital con aquella frase para ella ya simbólica: “Buenos días santidad, hoy también hace sol”.
El Papa le miró con un rostro dulce. Fue el mayor regalo que le hizo en sus últimas horas de vida. Un hombre extraordinario que nunca tuvo miedo a la muerte ni a la enfermedad, ni al dolor.
CB
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