11 de octubre, 2012
(Romereports.com) (-SÓLO VÍDEO-) El principal líder de la Iglesia anglicana, Rowan Williams, ha participado en el Sínodo para la Nueva Evangelización ante 262 obispos católicos.
El arzobispo de Canterbury dijo que el Concilio Vaticano II fue un redescubrimiento del mensaje del evangelio. Además explicó que produjo una renovación dentro de la Iglesia católica y un aumento de su credibilidad ante el mundo.
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Su Santidad, Reverendos Padres, Hermanos y hermanas en Cristo,
Queridos
amigos: Es para mi un honor haber sido invitado por el Santo Padre para
hablar en esta asamblea: como dice el Salmista, ‘Ecce quam bonum et
quam jucundum habitare fratres in unum’. La asamblea del Sínodo de los
obispos para el bien del pueblo de Cristo es una de esas disciplinas que
sostienen la salud de la Iglesia de Cristo. Hoy, en especial, no
podemos olvidar la gran asamblea de ‘fratres in unum’ que fue el
Concilio Vaticano II, que hizo tanto por la salud de la Iglesia,
ayudándola a recuperar mucha de la energía necesaria para la
proclamación de la Buena Nueva de Jesucristo de un manera eficaz en
nuestro tiempo. Para mucha gente de mi generación, incluso más allá de
los límites de la Iglesia Católica Romana, el Concilio fue un signo de
gran promesa, un signo de que la Iglesia era suficientemente fuerte para
plantearse cuestiones difíciles en cuanto a su cultura y sus
estructuras y si éstas eran las adecuadas para la tarea de compartir el
Evangelio con la compleja, a menudo rebelde y siempre inquieta mente del
mundo moderno.
El Concilio fue, en muchos aspectos, un
redescubrimiento de la inquietud y pasión evangélica, centrada no sólo
en la renovación de la propia vida de la Iglesia, sino también en su
credibilidad en el mundo. Textos como Lumen gentium y Gaudium et spes
ofrecieron una visión fresca y gozosa de cómo la inmutable realidad de
Cristo vivo en su Cuerpo en la tierra, a través del don del Espíritu
Santo, puede hablar con palabras nuevas a la sociedad de nuestro tiempo,
e incluso a quienes pertenecen a otros credos. No es sorprendente que,
cincuenta años después, sigamos debatiendo sobre algunas de las mismas
cuestiones e implicaciones del Concilio. Y pienso que la preocupación de
este Sínodo por la nueva evangelización es parte de esa exploración
continua de la herencia del Concilio.
Pero uno de los aspectos
más importantes de la teología, según el Vaticano II, era la renovación
de la antropología cristiana. En lugar de la narración neoescolástica, a
menudo tergiversada y artificial, sobre cómo la gracia y la naturaleza
se relacionan en la constitución del ser humano, el Concilio amplió los
importantes elementos de una teología que volvía a fuentes más tempranas
y ricas: la teología de algunos genios espirituales como Henri de
Lubac, quien nos recordó lo que significaba para el Cristianismo
primitivo y medieval hablar de la humanidad hecha a imagen de Dios y de
la gracia como la perfección y transfiguración de esa imagen, durante
mucho tiempo revestida de nuestra habitual ‘inhumanidad’. Bajo esta luz,
proclamar el Evangelio es proclamar que por lo menos es posible ser
adecuadamente humano: la fe Católica y Cristiana es un ‘verdadero
humanismo’, tomando una frase prestada de otro genio del siglo pasado,
Jacques Maritain.
Sin embargo, Lubac es muy claro sobre lo que
esto no significa. Nosotros no sustituimos la tarea evangélica por una
campaña de ‘humanización’. ‘¿Humanizar antes de Cristianizar?’, pregunta
él. ‘Si la empresa tiene éxito, el Cristianismo llegará muy tarde: le
quitarán el puesto. ¿Y quién piensa que el Cristianismo no humaniza?’.
Así escribe Lubac en su maravillosa colección de aforismos, Paradojas.
Es la fe misma quien forma el trabajo de humanización y la empresa de
humanización estaría vacía sin la definición de humanidad dada en el
Segundo Adán. La evangelización, primitiva o nueva, debe estar enraizada
en la profunda confianza de que poseemos un destino humano
inconfundible para mostrar y compartir con el mundo. Hay muchas maneras
de decirlo, pero en estas breves observaciones quiero concentrar un
único aspecto en particular.
Ser completamente humano es ser
recreado en la imagen de la humanidad de Cristo; y esta humanidad es la
perfecta ‘traducción’ humana de la relación entre el Hijo eterno y el
Padre eterno, una relación de amor y adorada entrega, un desbordamiento
de vida hacia el Otro. Así, la humanidad en la que nos transformamos en
el Espíritu, la humanidad que queremos compartir con el mundo como fruto
de la labor redentora de Cristo, es una humanidad contemplativa. Edith
Stein observó que empezamos a entender la teología cuando vemos a Dios
como el “Primer Teólogo”, el primero que habla acerca de la realidad de
la vida divina, porque ‘todas las palabras sobre Dios presuponen la
propia palabra de Dios’. De forma análoga, podríamos decir que empezamos
a comprender la contemplación cuando vemos a Dios como el primer
contemplativo, el paradigma eterno de la desinteresada atención al otro
que no trae la muerte, sino la vida a nuestro yo. Toda contemplación de
Dios presupone el propio conocimiento gozoso y absorto en sí mismo de
Dios, mirándose fijamente en la vida trinitaria.
Ser
contemplativo, así como Cristo es contemplativo, es abrirse a toda la
plenitud que el Padre desea verter en nuestro corazones. Con nuestras
mentes sosegadas y preparadas a recibir, con nuestras auto-generadas
fantasías sobre Dios y sobre nosotros acalladas, estamos por fin en el
punto donde quizás empecemos a crecer. Y el rostro que necesitamos
mostrar a nuestro mundo es el rostro de una humanidad en crecimiento
infinito hacia el amor, una humanidad tan contenta y partícipe de la
gloria hacia la que nos dirigimos que estamos dispuestos a embarcanos en
un viaje sin fin, para encontrar nuestro camino más profundo en él, en
el corazón de la vida trinitaria. San Pablo habla de cómo “con el rostro
descubierto, reflejamos, ... la gloria del Señor” (2 Co 3, 18),
transfigurados por un resplandor cada vez mayor. Este es el rostro que
debemos esforzarnos por mostrar a nuestro prójimo.
Y debemos
esforzarnos no porque estemos buscando alguna ‘experiencia religiosa’
privada que nos dé seguridad y nos haga más santos. Nos esforzamos
porque en este olvidarse de uno mismo mirando fijamente hacia la luz de
Dios en Cristo, aprendemos cómo mirarnos los unos a los otros, y a toda
la creación de Dios. En la Iglesia primitiva había una comprensión clara
de la necesidad de avanzar, desde una autocomprensión o
autocontemplación instigada por la disciplina de nuestros ávidos
instintos y ansias, hacia una ‘natural contemplación’ que percibía y
veneraba la sabiduría de Dios en el orden del mundo, permitiéndonos ver
la realidad creada por lo que realmente era a la vista de Dios - más de
lo que era en el sentido de cómo podíamos usarla o dominarla. Y desde
aquí, la gracia nos guiaría hacia la verdadera ‘teología’, mirando fija y
silenciosamente a Dios, meta de todo nuestro discipulado.
En
esta perspectiva, la contemplación está lejos de ser sólo un tipo de
cosa que hacen los cristianos: es la clave para la oración, la liturgia,
el arte y la ética, la clave para la esencia de una humanidad renovada
capaz de ver al mundo y a otros sujetos del mundo con libertad -
libertad de las costumbres egoístas y codiciosas, y de la comprensión
distorsionada que de ellas proviene. Para explicarlo con audacia, la
contemplación es la única y última respuesta al mundo irreal e insano
que nuestros sistemas financieros, nuestra cultura de la publicidad y
nuestras emociones caóticas e irreflexivas nos empujan a habitar.
Aprender la práctica contemplativa es aprender lo que necesitamos para
vivir de una manera verdadera, honesta y amorosa. Es una cuestión
profundamente revolucionaria.
En su autobiografía, Thomas Merton
describe una experiencia que le ocurrió poco después de entrar en el
monasterio donde pasó el resto de su vida (Silencio elegido). Tenía la
gripe y estuvo ingresado en la enfermería durante unos días y, dice,
sintió una ‘alegría secreta’ por la oportunidad que este hecho le dio
para rezar y ‘hacer todo lo que quería hacer, sin tener que correr por
todo el lugar respondiendo a campanillas’. Está obligado a reconocer que
su actitud revela que ‘todos mis malos hábitos... habían entrado
subrepticiamente conmigo en el monasterio y habían recibido los hábitos
religiosos conmigo: glotonería espiritual, sensualidad espiritual,
orgullo espiritual’. En otras palabras, él intentaba vivir una vida
cristiana con el bagaje emocional de alguien todavía profundamente
desposado con la búsqueda de la satisfacción individual. Es un aviso
poderoso: tenemos que tener cuidado que nuestra evangelización no sirva
sencillamente como elemento de persuasión para que la gente le pida a
Dios y a la vida del espíritu por los hechos dramáticos, excitantes o de
autoadulación que tan a menudo satisfacen nuestra vida diaria. Esto fue
expresado de forma más contundente hace algunas décadas por el
estadounidense estudiante de religión Jacob Needleman, en un libro
controvertido y desafiante titulado Cristianismo perdido: las palabras
del Evangelio, dice, están dirigidas a los seres humanos que ‘ya no
existen’. Es decir, responder, entregándose, a lo que el Evangelio pide
de nosotros significa transformar completamente nuestro ser, nuestros
sentimientos y nuestros pensamientos e imaginación. Convertirse a la fe
no significa sencillamente adoptar un nuevo grupo de creencias, sino
transformarse en una nueva persona, una persona en comunión con Dios y
con otros a través de Jesucristo.
La contemplación es un elemento
intrínseco de este proceso de transformación. Aprender a mirar a Dios
sin tener en cuenta mi propia satisfacción inmediata, aprender a
escrudiñar y relativizar las ansias y fantasías que surgen dentro de mi -
esto es permitir a Dios ser Dios y, así, permitir que la oración de
Cristo, la propia relación de Dios con Dios, entre viva dentro de mí.
Invocar al Espíritu Santo es pedir a la tercera persona de la Trinidad
que entre en mi espíritu y traiga la claridad que necesito para ver
dónde soy esclavo de ansias y fantasías, para que me dé paciencia y
sosiego mientras la luz y el amor de Dios penetran en mi vida interior.
Sólo si esto empieza a suceder estaré liberado de tratar los dones de
Dios como otro grupo de objetos que compro para ser feliz o para dominar
a otros. Y mientras este proceso se desarrolla, soy más libre - tomando
prestada una frase de San Agustín (Confesiones IV.7) - para ‘amar a los
seres humanos de una manera humana’, amarles no por lo que me prometan a
mi, amarles no porque me den seguridad y confort duradero, sino como mi
prójimo frágil sostenido en el amor de Dios. Descubro entones (como
hemos observado anteriormente) cómo debo mirar a las personas y a las
cosas por lo que son en relación con Dios, no conmigo. Y es aquí donde
la verdadera justicia, como el verdadero amor, tiene sus raíces.
El
rostro humano que los cristianos quieren ofrecer al mundo es un rostro
marcado por esta justicia y este amor y, por tanto, un rostro formado en
la contemplación, en la disciplina del silencio y en la separación de
los objetos que nos esclavizan y de los instintos irracionales que nos
decepcionan. Si la evangelización es una cuestión de mostrar al mundo el
rostro humano ‘revelado’ que refleja el rostro del Hijo vuelto hacia el
Padre, debe llevar en él el compromiso serio de fomentar y nutrir la
oración y la práctica. No es necesario decir que esto no quiere en
absoluto discutir que esta transformación ‘interna’ es más importante
que la acción por la justicia; más bien quiere insistir en el hecho de
que la claridad y la energía que necesitamos para llevar adelante la
justicia requiere que demos espacio a la verdad, para que la realidad de
Dios la atraviese. De lo contrario, nuestra búsqueda de la justicia o
de la paz se convierte en otro ejercicio de voluntad humana, socavada
por la autodecepción humana. Las dos llamadas son inseparables: la
llamada a la ‘oración y la recta acción’, como dijo el mártir
protestante Dietrich Bonhoeffer, escribiendo desde su celda en la cárcel
en 1944. La verdadera oración purifica el motivo, la verdadera justicia
es el trabajo necesario para compartir y liberar en otros la humanidad
que hemos descubierto en nuestro encuentro contemplativo.
Los que
saben poco y se preocupan aún menos de las instituciones y jerarquías
de la Iglesia, estos días se encuentran a menudo atraídos y retados por
vidas que muestran algo de esto. Son las comunidades nuevas y renovadas
las que de manera más eficaz llegan a aquellos que nunca han creído o
que han abandonado la fe por vacía o añeja. Cuando se escribe la
historia cristiana de nuestro tiempo, en referencia a Europa y América
del Norte especialmente, pero no sólo, vemos cuán central y vital ha
sido el testimonio de lugares como Taizé o Bose, pero también el de
otras comunidades más tradicionales, transformadas en centros para la
exploración de una humanidad más amplia y profunda de lo que fomentan
los hábitos sociales. Y las grandes redes de espiritualidad, como San
Egidio, los Focolares, Comunión y Liberación, muestran también el mismo
fenómeno: crean espacios para una visión humana más profunda porque
todos ellos, de varias maneras, ofrecen una disciplina de vida personal y
comunitaria que hace que la realidad de Jesús entre viva en nosotros.
Y,
como muestran estos ejemplos, la atracción y el reto de los que estamos
hablando pueden crear compromisos y entusiasmos que crucen las líneas
confesionales históricas. Nos hemos acostumbrado a hablar en estos días
sobre la importancia vital del ‘ecumenismo espiritual’: pero ésta no
debe ser una cuestión que, de alguna manera, se oponga a lo espiritual y
lo institucional, y no debe reemplazar los compromisos específicos con
un sentido general de sentimiento común cristiano. Si tenemos una
descripción sólida y rica de lo que la palabra ‘espiritual’ en sí misma
significa, enraizada en los contenidos bíblicos como los del pasaje de
la Segunda Epístola a los Corintios mencionada antes, entenderemos el
ecumenismo espiritual como la búsqueda compartida para nutrir y sostener
las disciplinas contemplativas con la esperanza de revelar el rostro de
una nueva humanidad. Y cuanto más separados estemos como cristianos de
distintas confesiones, menos convincente será ese rostro. He mencionado
el movimiento de los Focolares hace un momento: Ustedes se acordarán de
que el imperativo básico en la espiritualidad de Chiara Lubich era
‘haceros uno’ - uno con Cristo Crucificado y abandonado, uno a través de
Él con el Padre, uno con todos los llamados a esta unidad y, por tanto,
uno con los más necesitados del mundo. ‘Los que viven en unidad...
viven haciendo que ellos mismos penetren más en Dios. Crecen siempre más
cercanos a Dios... y lo más cercano que están de Él, lo más cerca que
están de los corazones de sus hermanos y hermanas’ (Chiara Lubich:
Escritos esenciales). El hábito contemplativo elimina una desatenta
superioridad hacia otros creyentes bautizados y la suposición de que no
tengo que aprender nada de ellos. En la medida en que el hábito de la
contemplación nos ayuda a acercanos a esta experiencia como a un don,
siempre nos preguntaremos qué es lo que el hermano o hermana puede
compartir con nosotros - incluso el hermano o hermana que de alguna
manera está separado de nosotros o de lo que suponemos que es la
plenitud en la comunión. ‘Quam bonum et quam jucundum...’.
En
práctica, esto puede sugerir que, allí donde se lleven a cabo
iniciativas para alcanzar con nuevos medios a un público cristiano no
practicante o post-cristiano, debe realizarse un trabajo serio sobre
cómo este alcance se puede enraizar en una práctica contemplativa,
compartida ecuménicamente. Además del modo sorprendente con el que Taizé
ha desarrollado una ‘cultura’ litúrgica internacional accesible a una
gran variedad de personas, una red como la Comunidad Mundial para la
Meditación Cristiana, con sus fuertes raíces y afiliaciones
benedictinas, ha traído nuevas posibilidades. Y lo que es más, esta
comunidad ha trabajado con ahínco para crear una práctica contemplativa
accesible a los niños y a los jóvenes, y ello necesita el mayor impulso
posible. Habiendo visto de cerca - en escuelas anglicanas de Inglaterra -
el modo caluroso con que los niños responden a la invitación ofrecida
por la meditación en esta tradición, creo que su potencial para
introducir a la gente joven en la profundidad de nuestra fe es
verdaderamente muy grande. Y para quienes se han alejado de la práctica
regular de la fe sacramental, los ritmos y las prácticas de Taizé o de
la CMMC (WCCM sus siglas en inglés) son a menudo un camino de regreso al
corazón y al hogar sacramental.
Gente de todas las edades
reconoce en estás prácticas la posibilidad, bastante sencilla, de vivir
más humanamente - vivir con una codicia menos frenética, vivir con
espacio para el sosiego, vivir esperando aprender y, sobre todo, vivir
con la conciencia de que hay un gozo sólido y perdurable pendiente de
ser descubierto en las disciplinas en las que olvidamos nuestro propio
yo, bastante distintas de la gratificación que viene de éste o aquel
impulso del momento. A menos que nuestra evangelización abra la puerta a
todo esto, corremos el riesgo de intentar sostener la fe basándonos en
una serie inmutable de hábitos humanos - con el consiguiente resultado
demasiado familiar de la Iglesia vista como una más de las instituciones
puramente humanas, ansiosas, ocupadas, competitivas y controladoras. En
un sentido muy importante, una verdadera tarea evangelizadora será
siempre también una re-evangelización de nosotros mismos como
cristianos, un redescubrir por qué nuestra fe es diferente, pues
transfigura, y un recuperar nuestra propia humanidad.
Y, por
supuesto, sucede de manera más eficaz cuando no estamos planificando o
luchando por ella. Volviendo de nuevo a Lubac: ‘Aquel que responderá
mejor a las necesidades de su tiempo será alguien que no habrá tratado
de responder a ellas primero’ (op.cit.). Y ‘el hombre que busca
sinceridad en lugar de buscar la verdad en el olvido de sí mismo, es
como el hombre que quiere estar distante en lugar de abandonarse
completamente al amor’ (op.cit.). El enemigo de la proclamación del
Evangelio es la autoconciencia y, por definición, no podemos superarlo
siendo más conscientes de nosotros mismos. Debemos volver a San Pablo y
preguntarnos: ‘¿Qué buscamos?’ ¿Miramos con ansiedad los problemas
actuales, la variedad de infidelidades o la amenaza a la fe y la
moralidad, la debilidad de la institución? ¿O buscamos a Jesús, el
rostro revelado de la imagen de Dios, a la luz del cual vemos la imagen
de nuevo reflejada en nosotros y en nuestro vecinos?
Esto nos
recuerda sencillamente que la evangelización es siempre el
desbordamiento de otra cosa: el viaje del discípulo hacia la madurez en
Cristo; un viaje que no está organizado por un ego ambicioso, sino que
es el resultado de la insistencia y de la atracción del Espíritu en
nosotros. En nuestras deliberaciones sobre cómo hay que hacer para que
el Evangelio de Cristo sea de nuevo apasionadamente atractivo para los
hombres y mujeres de nuestros días, espero que nunca perdamos de vista
qué es lo que hace que sea apasionante para nosotros, para cada uno de
nosotros en nuestros diferentes ministerios. Les deseo alegría en estos
debates, no sólo claridad o eficacia en la planificación, sino gozo en
la promesa de la visión del rostro de Cristo y en el anuncio de esa
plenitud en la alegría de la comunión uno con el otro, aquí y ahora.
OFL AA -GdP -PR
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