16 de noviembre, 2012
(Romereports.com) (-SÓLO VÍDEO-) El Papa ha escrito una carta a los jóvenes, para explicarles el lema de la JMJ Río 2013 (la frase de Jesús “Id y haced discípulos a todos los pueblos”), y para invitarles a participar en el encuentro el próximo mes de julio.
Un texto cargado de optimismo en el que asegura que “Dios ama también a quien está lejos de Él.
Y ha enviado a sus discípulos a llevar este mensaje a todas las
personas”. “Algunos están lejos geográficamente, otros están lejos
porque sus culturas no dejan espacio a Dios”, añade más adelante.
Benedicto XVI invita a los jóvenes a que relean su propia historia.
“Tomad conciencia de la maravillosa herencia de las generaciones que os
han precedido: Numerosos creyentes nos han transmitido la fe con
valentía, enfrentándose a pruebas e incomprensiones”, explica.
Además, les pide que hablen de Dios en dos ámbitos: Internet y la movilidad, porque “cada vez más jóvenes viajan, tanto por motivos de estudio, trabajo o diversión”.
TEXTO COMPLETO DEL MENSAJE:
Mensaje del Santo Padre a los jóvenes del mundo con ocasión de la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud
2013
Id y haced discípulos a todos los pueblos (cf. Mt 28,19)
Queridos jóvenes:
Quiero
haceros llegar a todos un saludo lleno de alegría y afecto. Estoy
seguro de que la mayoría de vosotros habéis regresado de la Jornada
Mundial de la Juventud de Madrid «arraigados y edificados en Cristo,
firmes en la fe» (cf. Col 2,7). En este año hemos celebrado en las
diferentes diócesis la alegría de ser cristianos, inspirados por el
tema: «Alegraos siempre en el Señor» (Flp 4,4). Y ahora nos estamos
preparando para la próxima Jornada Mundial, que se celebrará en Río de
Janeiro, en Brasil, en el mes de julio de 2013.
Quisiera
renovaros ante todo mi invitación a que participéis en esta importante
cita. La célebre estatua del Cristo Redentor, que domina aquella hermosa
ciudad brasileña, será su símbolo elocuente. Sus brazos abiertos son el
signo de la acogida que el Señor regala a cuantos acuden a él, y su
corazón representa el inmenso amor que tiene por cada uno de vosotros.
¡Dejaos atraer por él! ¡Vivid esta experiencia del encuentro con Cristo,
junto a tantos otros jóvenes que se reunirán en Río para el próximo
encuentro mundial! Dejaos amar por él y seréis los testigos que el mundo
tanto necesita.
Os invito a que os preparéis a la Jornada
Mundial de Río de Janeiro meditando desde ahora sobre el tema del
encuentro: Id y haced discípulos a todos los pueblos (cf. Mt 28,19). Se
trata de la gran exhortación misionera que Cristo dejó a toda la Iglesia
y que sigue siendo actual también hoy, dos mil años después. Esta
llamada misionera tiene que resonar ahora con fuerza en vuestros
corazones. El año de preparación para el encuentro de Río coincide con
el Año de la Fe, al comienzo del cual el Sínodo de los Obispos ha
dedicado sus trabajos a «La nueva evangelización para la transmisión de
la fe cristiana». Por ello, queridos jóvenes, me alegro que también
vosotros os impliquéis en este impulso misionero de toda la Iglesia: dar
a conocer a Cristo, que es el don más precioso que podéis dar a los
demás.
1. Una llamada apremiante La historia nos ha mostrado
cuántos jóvenes, por medio del generoso don de sí mismos y anunciando el
Evangelio, han contribuido enormemente al Reino de Dios y al desarrollo
de este mundo. Con gran entusiasmo, han llevado la Buena Nueva del Amor
de Dios, que se ha manifestado en Cristo, con medios y posibilidades
muy inferiores con respecto a los que disponemos hoy. Pienso, por
ejemplo, en el beato José de Anchieta, joven jesuita español del siglo
XVI, que partió a las misiones en Brasil cuando tenía menos de veinte
años y se convirtió en un gran apóstol del Nuevo Mundo. Pero pienso
también en los que os dedicáis generosamente a la misión de la Iglesia.
De ello obtuve un sorprendente testimonio en la Jornada Mundial de
Madrid, sobre todo en el encuentro con los voluntarios.
Hay
muchos jóvenes hoy que dudan profundamente de que la vida sea un don y
no ven con claridad su camino. Ante las dificultades del mundo
contemporáneo, muchos se preguntan con frencuencia: ¿Qué puedo hacer? La
luz de la fe ilumina esta oscuridad, nos hace comprender que cada
existencia tiene un valor inestimable, porque es fruto del amor de Dios.
Él ama también a quien se ha alejado de él; tiene paciencia y espera,
es más, él ha entregado a su Hijo, muerto y resucitado, para que nos
libere radicalmente del mal. Y Cristo ha enviado a sus discípulos para
que lleven a todos los pueblos este gozoso anuncio de salvación y de
vida nueva.
En su misión de evangelización, la Iglesia cuenta con
vosotros. Queridos jóvenes: Vosotros sois los primeros misioneros entre
los jóvenes. Al final del Concilio Vaticano II, cuyo 50º aniversario
estamos celebrando en este año, el siervo de Dios Pablo VI entregó a los
jóvenes del mundo un Mensaje que empezaba con estas palabras: «A
vosotros, los jóvenes de uno y otro sexo del mundo entero, el Concilio
quiere dirigir su último mensaje. Pues sois vosotros los que vais a
recoger la antorcha de manos de vuestros mayores y a vivir en el mundo
en el momento de las más gigantescas transformaciones de su historia.
Sois vosotros quienes, recogiendo lo mejor del ejemplo y las enseñanzas
de vuestros padres y maestros, vais a formar la sociedad de mañana; os
salvaréis o pereceréis con ella». Concluía con una llamada: «¡Construid
con entusiasmo un mundo mejor que el de vuestros mayores!» (Mensaje a
los Jóvenes, 8 de diciembre de 1965).
Queridos jóvenes, esta
invitación es de gran actualidad. Estamos atravesando un período
histórico muy particular. El progreso técnico nos ha ofrecido
posibilidades inauditas de interacción entre los hombres y la población,
mas la globalización de estas relaciones sólo será positiva y hará
crecer el mundo en humanidad si se basa no en el materialismo sino en el
amor, que es la única realidad capaz de colmar el corazón de cada uno y
de unir a las personas. Dios es amor. El hombre que se olvida de Dios
se queda sin esperanza y es incapaz de amar a su semejante. Por ello, es
urgente testimoniar la presencia de Dios, para que cada uno la pueda
experimentar. La salvación de la humanidad y la salvación de cada uno de
nosotros están en juego. Quien comprenda esta necesidad, sólo podrá
exclamar con Pablo: «¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!» (1Co 9,16).
2. Sed discípulos de Cristo Esta
llamada misionera se os dirige también por otra razón: Es necesaria
para vuestro camino de fe personal. El beato Juan Pablo II escribió: «La
fe se refuerza dándola» (Enc. Redemptoris Missio, 2). Al anunciar el
Evangelio vosotros mismos crecéis arraigándoos cada vez más
profundamente en Cristo, os convertís en cristianos maduros. El
compromiso misionero es una dimensión esencial de la fe; no se puede ser
un verdadero creyente si no se evangeliza. El anuncio del Evangelio no
puede ser más que la consecuencia de la alegría de haber encontrado en
Cristo la roca sobre la que construir la propia existencia. Esforzándoos
en servir a los demás y en anunciarles el Evangelio, vuestra vida, a
menudo dispersa en diversas actividades, encontrará su unidad en el
Señor, os construiréis también vosotros mismos, creceréis y maduraréis
en humanidad.
¿Qué significa ser misioneros? Significa ante todo
ser discípulos de Cristo, escuchar una y otra vez la invitación a
seguirle, la invitación a mirarle: «Aprended de mí, que soy manso y
humilde de corazón» (Mt 11,29). Un discípulo es, de hecho, una persona
que se pone a la escucha de la palabra de Jesús (cf. Lc 10,39), al que
se reconoce como el buen Maestro que nos ha amado hasta dar la vida. Por
ello, se trata de que cada uno de vosotros se deje plasmar cada día por
la Palabra de Dios; ésta os hará amigos del Señor Jesucristo, capaces
de incorporar a otros jóvenes en esta amistad con él.
Os aconsejo
que hagáis memoria de los dones recibidos de Dios para transmitirlos a
su vez. Aprended a leer vuestra historia personal, tomad también
conciencia de la maravillosa herencia de las generaciones que os han
precedido: Numerosos creyentes nos han transmitido la fe con valentía,
enfrentándose a pruebas e incomprensiones. No olvidemos nunca que
formamos parte de una enorme cadena de hombres y mujeres que nos han
transmitido la verdad de la fe y que cuentan con nosotros para que otros
la reciban. El ser misioneros presupone el conocimiento de este
patrimonio recibido, que es la fe de la Iglesia. Es necesario conocer
aquello en lo que se cree, para poder anunciarlo. Como escribí en la
introducción de YouCat, el catecismo para jóvenes que os regalé en el
Encuentro Mundial de Madrid, «tenéis que conocer vuestra fe de forma tan
precisa como un especialista en informática conoce el sistema operativo
de su ordenador, como un buen músico conoce su pieza musical. Sí,
tenéis que estar más profundamente enraizados en la fe que la generación
de vuestros padres, para poder enfrentaros a los retos y tentaciones de
este tiempo con fuerza y decisión» (Prólogo).
3. Id Jesús
envió a sus discípulos en misión con este encargo: «Id al mundo entero y
proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado
se salvará» (Mc 16,15-16). Evangelizar significa llevar a los demás la
Buena Nueva de la salvación y esta Buena Nueva es una persona:
Jesucristo. Cuando le encuentro, cuando descubro hasta qué punto soy
amado por Dios y salvado por él, nace en mí no sólo el deseo, sino la
necesidad de darlo a conocer a otros. Al principio del Evangelio de Juan
vemos a Andrés que, después de haber encontrado a Jesús, se da prisa
para llevarle a su hermano Simón (cf. Jn 1,40-42). La evangelización
parte siempre del encuentro con Cristo, el Señor. Quien se ha acercado a
él y ha hecho la experiencia de su amor, quiere compartir en seguida la
belleza de este encuentro que nace de esta amistad. Cuanto más
conocemos a Cristo, más deseamos anunciarlo. Cuanto más hablamos con él,
más deseamos hablar de él. Cuanto más nos hemos dejado conquistar, más
deseamos llevar a otros hacia él.
Por medio del bautismo, que nos
hace nacer a una vida nueva, el Espíritu Santo se establece en nosotros
e inflama nuestra mente y nuestro corazón. Es él quien nos guía a
conocer a Dios y a entablar una amistad cada vez más profunda con
Cristo; es el Espíritu quien nos impulsa a hacer el bien, a servir a los
demás, a entregarnos. Mediante la confirmación somos fortalecidos por
sus dones para testimoniar el Evangelio con más madurez cada vez. El
alma de la misión es el Espíritu de amor, que nos empuja a salir de
nosotros mismos, para «ir» y evangelizar. Queridos jóvenes, dejaos
conducir por la fuerza del amor de Dios, dejad que este amor venza la
tendencia a encerrarse en el propio mundo, en los propios problemas, en
las propias costumbres. Tened el valor de «salir» de vosotros mismos
hacia los demás y guiarlos hasta el encuentro con Dios.
4. Llegad a todos los pueblos Cristo
resucitado envió a sus discípulos a testimoniar su presencia salvadora a
todos los pueblos, porque Dios, en su amor sobreabundante, quiere que
todos se salven y que nadie se pierda. Con el sacrificio de amor de la
Cruz, Jesús abrió el camino para que cada hombre y cada mujer puedan
conocer a Dios y entrar en comunión de amor con él. Él constituyó una
comunidad de discípulos para llevar el anuncio de salvación del
Evangelio hasta los confines de la tierra, para llegar a los hombres y
mujeres de cada lugar y de todo tiempo.¡Hagamos nuestro este deseo de
Jesús! Queridos amigos, abrid los ojos y mirad en torno a vosotros.
Hay muchos jóvenes que han perdido el sentido de su existencia. ¡Id!
Cristo también os necesita. Dejaos llevar por su amor, sed instrumentos
de este amor inmenso, para que llegue a todos, especialmente a los que
están «lejos». Algunos están lejos geográficamente, mientras que otros
están lejos porque su cultura no deja espacio a Dios; algunos aún no han
acogido personalmente el Evangelio, otros, en cambio, a pesar de
haberlo recibido, viven como si Dios no existiese. Abramos a todos las
puertas de nuestro corazón; intentemos entrar en diálogo con ellos, con
sencillez y respeto mutuo. Este diálogo, si es vivido con verdadera
amistad, dará fruto. Los «pueblos» a los que hemos sido enviados no son
sólo los demás países del mundo, sino también los diferentes ámbitos de
la vida: las familias, los barrios, los ambientes de estudio o trabajo,
los grupos de amigos y los lugares de ocio. El anuncio gozoso del
Evangelio está destinado a todos los ambientes de nuestra vida, sin
exclusión.
Quisiera subrayar dos campos en los que debéis vivir
con especial atención vuestro compromiso misionero. El primero es el de
las comunicaciones sociales, en particular el mundo de Internet.
Queridos jóvenes, como ya os dije en otra ocasión, «sentíos
comprometidos a sembrar en la cultura de este nuevo ambiente
comunicativo e informativo los valores sobre los que se apoya vuestra
vida. […] A vosotros, jóvenes, que casi espontáneamente os sentís en
sintonía con estos nuevos medios de comunicación, os corresponde de
manera particular la tarea de evangelizar este “continente digital”»
(Mensaje para la XLIII Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales,
24 mayo 2009). Por ello, sabed usar con sabiduría este medio,
considerando también las insidias que contiene, en particular el riesgo
de la dependencia, de confundir el mundo real con el virtual, de
sustituir el encuentro y el diálogo directo con las personas con los
contactos en la red.
El segundo ámbito es el de la movilidad. Hoy
son cada vez más numerosos los jóvenes que viajan, tanto por motivos de
estudio, trabajo o diversión. Pero pienso también en todos los
movimientos migratorios, con los que millones de personas, a menudo
jóvenes, se trasladan y cambian de región o país por motivos económicos o
sociales. También estos fenómenos pueden convertirse en ocasiones
providenciales para la difusión del Evangelio. Queridos jóvenes, no
tengáis miedo en testimoniar vuestra fe también en estos contextos;
comunicar la alegría del encuentro con Cristo es un don precioso para
aquellos con los que os encontráis.
5.Haced discípulos Pienso
que a menudo habéis experimentado la dificultad de que vuestros
coetáneos participen en la experiencia de la fe. A menudo habréis
constatado cómo en muchos jóvenes, especialmente en ciertas fases del
camino de la vida, está el deseo de conocer a Cristo y vivir los valores
del Evangelio, pero no se sienten idóneos y capaces. ¿Qué se puede
hacer? Sobre todo, con vuestra cercanía y vuestro sencillo testimonio
abrís una brecha a través de la cual Dios puede tocar sus corazones. El
anuncio de Cristo no consiste sólo en palabras, sino que debe implicar
toda la vida y traducirse en gestos de amor. Es el amor que Cristo ha
infundido en nosotros el que nos hace evangelizadores; nuestro amor debe
conformarse cada vez más con el suyo. Como el buen samaritano, debemos
tratar con atención a los que encontramos, debemos saber escuchar,
comprender y ayudar, para poder guiar a quien busca la verdad y el
sentido de la vida hacia la casa de Dios, que es la Iglesia, donde se
encuentra la esperanza y la salvación (cf. Lc 10,29-37).
Queridos
amigos, nunca olvidéis que el primer acto de amor que podéis hacer
hacia el prójimo es el de compartir la fuente de nuestra esperanza:
Quien no da a Dios, da muy poco. Jesús ordena a sus apóstoles: «Haced
discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y
del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he
mandado» (Mt 28,19-20). Los medios que tenemos para «hacer discípulos»
son principalmente el bautismo y la catequesis. Esto significa que
debemos conducir a las personas que estamos evangelizando para que
encuentren a Cristo vivo, en modo particular en su Palabra y en los
sacramentos. De este modo podrán creer en él, conocerán a Dios y vivirán
de su gracia. Quisiera que cada uno se preguntase: ¿He tenido alguna
vez el valor de proponer el bautismo a los jóvenes que aún no lo han
recibido? ¿He invitado a alguien a seguir un camino para descubrir la fe
cristiana? Queridos amigos, no tengáis miedo de proponer a vuestros
coetáneos el encuentro con Cristo. Invocad al Espíritu Santo: Él os
guiará para poder entrar cada vez más en el conocimiento y el amor de
Cristo y os hará creativos para transmitir el Evangelio.
6. Firmes en la fe Ante
las dificultades de la misión de evangelizar, a veces tendréis la
tentación de decir como el profeta Jeremías: «¡Ay, Señor, Dios mío! Mira
que no sé hablar, que sólo soy un niño». Pero Dios también os contesta:
«No digas que eres niño, pues irás adonde yo te envíe y dirás lo que yo
te ordene» (Jr 1,6-7). Cuando os sintáis ineptos, incapaces y débiles
para anunciar y testimoniar la fe, no temáis. La evangelización no es
una iniciativa nuestra que dependa sobre todo de nuestros talentos, sino
que es una respuesta confiada y obediente a la llamada de Dios, y por
ello no se basa en nuestra fuerza, sino en la suya. Esto lo experimentó
el apóstol Pablo: «Llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se
vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de
nosotros» (2Co 4,7).
Por ello os invito a que os arraiguéis en la
oración y en los sacramentos. La evangelización auténtica nace siempre
de la oración y está sostenida por ella. Primero tenemos que hablar con
Dios para poder hablar de Dios. En la oración le encomendamos al Señor
las personas a las que hemos sido enviados y le suplicamos que les toque
el corazón; pedimos al Espíritu Santo que nos haga sus instrumentos
para la salvación de ellos; pedimos a Cristo que ponga las palabras en
nuestros labios y nos haga ser signos de su amor. En modo más general,
pedimos por la misión de toda la Iglesia, según la petición explícita de
Jesús: «Rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su
mies» (Mt 9,38). Sabed encontrar en la eucaristía la fuente de vuestra
vida de fe y de vuestro testimonio cristiano, participando con fidelidad
en la misa dominical y cada vez que podáis durante la semana. Acudid
frecuentemente al sacramento de la reconciliación, que es un encuentro
precioso con la misericordia de Dios que nos acoge, nos perdona y
renueva nuestros corazones en la caridad. No dudéis en recibir el
sacramento de la confirmación, si aún no lo habéis recibido,
preparándoos con esmero y solicitud. Es, junto con la eucaristía, el
sacramento de la misión por excelencia, que nos da la fuerza y el amor
del Espíritu Santo para profesar la fe sin miedo. Os aliento también a
que hagáis adoración eucarística; detenerse en la escucha y el diálogo
con Jesús presente en el sacramento es el punto de partida de un nuevo
impulso misionero.
Si seguís por este camino, Cristo mismo os
dará la capacidad de ser plenamente fieles a su Palabra y de
testimoniarlo con lealtad y valor. A veces seréis llamados a demostrar
vuestra perseverancia, en particular cuando la Palabra de Dios suscite
oposición o cerrazón. En ciertas regiones del mundo, por la falta de
libertad religiosa, algunos de vosotros sufrís por no poder dar
testimonio de la propia fe en Cristo. Hay quien ya ha pagado con la vida
el precio de su pertenencia a la Iglesia. Os animo a que permanezcáis
firmes en la fe, seguros de que Cristo está a vuestro lado en esta
prueba. Él os repite: «Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os
persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y
regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo» (Mt
5,11-12).
7. Con toda la Iglesia Queridos jóvenes, para
permanecer firmes en la confesión de la fe cristiana allí donde habéis
sido enviados, necesitáis a la Iglesia. Nadie puede ser testigo del
Evangelio en solitario. Jesús envió a sus discípulos a la misión en
grupos: «Haced discípulos» está puesto en plural. Por tanto, nosotros
siempre damos testimonio en cuanto miembros de la comunidad cristiana;
nuestra misión es fecundada por la comunión que vivimos en la Iglesia, y
gracias a esa unidad y ese amor recíproco nos reconocerán como
discípulos de Cristo (cf. Jn 13,35). Doy gracias a Dios por la preciosa
obra de evangelización que realizan nuestras comunidades cristianas,
nuestras parroquias y nuestros movimientos eclesiales. Los frutos de
esta evangelización pertenecen a toda la Iglesia: «Uno siembra y otro
siega» (Jn 4,37).
En este sentido, quiero dar gracias por el gran
don de los misioneros, que dedican toda su vida a anunciar el Evangelio
hasta los confines de la tierra. Asimismo, doy gracias al Señor por los
sacerdotes y consagrados, que se entregan totalmente para que
Jesucristo sea anunciado y amado. Deseo alentar aquí a los jóvenes que
son llamados por Dios, a que se comprometan con entusiasmo en estas
vocaciones: «Hay más dicha en dar que en recibir» (Hch 20,35). A los que
dejan todo para seguirlo, Jesús ha prometido el ciento por uno y la
vida eterna (cf. Mt 19,29). También doy gracias por todos los fieles
laicos que allí donde se encuentran, en familia o en el trabajo, se
esmeran en vivir su vida cotidiana como una misión, para que Cristo sea
amado y servido y para que crezca el Reino de Dios. Pienso, en
particular, en todos los que trabajan en el campo de la educación, la
sanidad, la empresa, la política y la economía y en tantos ambientes del
apostolado seglar. Cristo necesita vuestro compromiso y vuestro
testimonio. Que nada – ni las dificultades, ni las incomprensiones – os
hagan renunciar a llevar el Evangelio de Cristo a los lugares donde os
encontréis; cada uno de vosotros es valioso en el gran mosaico de la
evangelización.
8. «Aquí estoy, Señor» Queridos jóvenes, al
concluir quisiera invitaros a que escuchéis en lo profundo de vosotros
mismos la llamada de Jesús a anunciar su Evangelio. Como muestra la gran
estatua de Cristo Redentor en Río de Janeiro, su corazón está abierto
para amar a todos, sin distinción, y sus brazos están extendidos para
abrazar a todos. Sed vosotros el corazón y los brazos de Jesús. Id a dar
testimonio de su amor, sed los nuevos misioneros animados por el amor y
la acogida. Seguid el ejemplo de los grandes misioneros de la Iglesia,
como san Francisco Javier y tantos otros.
Al final de la Jornada
Mundial de la Juventud en Madrid, bendije a algunos jóvenes de diversos
continentes que partían en misión. Ellos representaban a tantos jóvenes
que, siguiendo al profeta Isaías, dicen al Señor: «Aquí estoy, mándame»
(Is 6,8). La Iglesia confía en vosotros y os agradece sinceramente el
dinamismo que le dais. Usad vuestros talentos con generosidad al
servicio del anuncio del Evangelio. Sabemos que el Espíritu Santo se
regala a los que, en pobreza de corazón, se ponen a disposición de tal
anuncio. No tengáis miedo. Jesús, Salvador del mundo, está con nosotros
todos los días, hasta el fin del mundo (cf. Mt 28,20).
Esta
llamada, que dirijo a los jóvenes de todo el mundo, asume una particular
relevancia para vosotros, queridos jóvenes de América Latina. En la V
Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, que tuvo lugar en
Aparecida en 2007, los obispos lanzaron una «misión continental». Los
jóvenes, que en aquel continente constituyen la mayoría de la población,
representan un potencial importante y valioso para la Iglesia y la
sociedad. Sed vosotros los primeros misioneros. Ahora que la Jornada
Mundial de la Juventud regresa a América Latina, exhorto a todos los
jóvenes del continente: Transmitid a vuestros coetáneos del mundo entero
el entusiasmo de vuestra fe.
Que la Virgen María, Estrella de la
Nueva Evangelización, invocada también con las advocaciones de Nuestra
Señora de Aparecida y Nuestra Señora de Guadalupe, os acompañe en
vuestra misión de testigos del amor de Dios. A todos imparto, con
particular afecto, mi Bendición Apostólica.
Vaticano, 18 de octubre de 2012
JMB CTV -JM -BN
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