26 noviembre, 2012
(Romereports.com) (-SÓLO VÍDEO-) Benedicto
XVI celebró la fiesta de Cristo Rey en la basílica de San Pedro junto a
los seis nuevos cardenales. En la homilía reflexionó sobre el origen y
la fuerza del poder de Dios: el amor y la verdad. Y pidió a los
cardenales que imiten a Jesús que es Rey porque amó hasta el extremo, dando la vida.
TEXTO COMPLETO DE LA HOMILIA:
Señores cardenales, venerados hermanos en el episcopado y el sacerdocio, queridos hermanos y hermanas
La
solemnidad de Cristo Rey del Universo, coronación del año litúrgico, se
enriquece con la recepción en el Colegio cardenalicio de seis nuevos
miembros que, según la tradición, he invitado esta mañana a concelebrar
conmigo la Eucaristía. Dirijo a cada uno de ellos mi más cordial saludo,
agradeciendo al Cardenal James Michael Harvey sus amables palabras en
nombre de todos. Saludo a los demás purpurados y a todos los obispos
presentes, así como a las distintas autoridades, señores embajadores, a
los sacerdotes, religiosos y a todos los fieles, especialmente a los que
han venido de las diócesis encomendadas al cuidado pastoral de los
nuevos cardenales.
En este último domingo del año litúrgico la
Iglesia nos invita a celebrar al Señor Jesús como Rey del universo. Nos
llama a dirigir la mirada al futuro, o mejor aún en profundidad, hacia
la última meta de la historia, que será el reino definitivo y eterno de
Cristo. Cuando fue creado el mundo, al comienzo, él estaba con el Padre,
y manifestará plenamente su señorío al final de los tiempos, cuando
juzgará a todos los hombres. Las tres lecturas de hoy nos hablan de este
reino. En el pasaje evangélico que hemos escuchado, sacado del
Evangelio de san Juan, Jesús se encuentra en la situación humillante de
acusado, frente al poder romano. Ha sido arrestado, insultado,
escarnecido, y ahora sus enemigos esperan conseguir que sea condenado al
suplicio de la cruz. Lo han presentado ante Pilato como uno que aspira
al poder político, como el sedicioso rey de los judíos. El procurador
romano indaga y pregunta a Jesús: «¿Eres tú el rey de los judíos?» (Jn
18,33). Jesús, respondiendo a esta pregunta, aclara la naturaleza de su
reino y de su mismo mesianismo, que no es poder mundano, sino amor que
sirve; afirma que su reino no se ha de confundir en absoluto con ningún
reino político: «Mi reino no es de este mundo … no es de aquí» (v. 36).
Está
claro que Jesús no tiene ninguna ambición política. Tras la
multiplicación de los panes, la gente, entusiasmada por el milagro,
quería hacerlo rey, para derrocar el poder romano y establecer así un
nuevo reino político, que sería considerado como el reino de Dios tan
esperado. Pero Jesús sabe que el reino de Dios es de otro tipo, no se
basa en las armas y la violencia. Y es precisamente la multiplicación de
los panes la que se convierte, por una parte, en signo de su
mesianismo, pero, por otra, en un punto de inflexión de su actividad:
desde aquel momento el camino hacia la Cruz se hace cada vez más claro;
allí, en el supremo acto de amor, resplandecerá el reino prometido, el
reino de Dios. Pero la gente no comprende, están defraudados, y Jesús se
retira solo al monte a rezar, a hablar con el Padre (cf. Jn 6,1-15). En
la narración de la pasión vemos cómo también los discípulos, a pesar de
haber compartido la vida con Jesús y escuchado sus palabras, pensaban
en un reino político, instaurado además con la ayuda de la fuerza. En
Getsemaní, Pedro había desenvainado su espada y comenzó a luchar, pero
Jesús lo detuvo (cf. Jn 18,10-11). No quiere que se le defienda con las
armas, sino que quiere cumplir la voluntad del Padre hasta el final y
establecer su reino, no con las armas y la violencia, sino con la
aparente debilidad del amor que da la vida. El reino de Dios es un reino
completamente distinto a los de la tierra.
Y es esta la razón de
que un hombre de poder como Pilato se quede sorprendido delante de un
hombre indefenso, frágil y humillado, como Jesús; sorprendido porque
siente hablar de un reino, de servidores. Y hace una pregunta que le
parecería una paradoja: «Entonces, ¿tú eres rey?». ¿Qué clase de rey
puede ser un hombre que está en esas condiciones? Pero Jesús responde de
manera afirmativa: «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para
esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que
es de la verdad escucha mi voz» (18,37). Jesús habla de rey, de reino,
pero no se refiere al dominio, sino a la verdad. Pilato no comprende:
¿Puede existir un poder que no se obtenga con medios humanos? ¿Un poder
que no responda a la lógica del dominio y la fuerza? Jesús ha venido
para revelar y traer una nueva realeza, la de Dios; ha venido para dar
testimonio de la verdad de un Dios que es amor (cf. 1Jn 4,8-16) y que
quiere establecer un reino de justicia, de amor y de paz (cf. Prefacio).
Quien está abierto al amor, escucha este testimonio y lo acepta con fe,
para entrar en el reino de Dios.
Esta perspectiva la volvemos a
encontrar en la primera lectura que hemos escuchado. El profeta Daniel
predice el poder de un personaje misterioso que está entre el cielo y la
tierra: «Vi venir una especie de hijo de hombre entre las nubes del
cielo. Avanzó hacia el anciano y llegó hasta su presencia. A él se le
dio poder, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas lo
sirvieron. Su poder es un poder eterno, no cesará. Su reino no acabará»
(7,13-14). Se trata de palabras que anuncian un rey que domina de mar a
mar y hasta los confines de la tierra, con un poder absoluto que nunca
será destruido. Esta visión del profeta, una visión mesiánica, se
ilumina y realiza en Cristo: el poder del verdadero Mesías, poder que no
tiene ocaso y que no será nunca destruido, no es el de los reinos de la
tierra que surgen y caen, sino el de la verdad y el amor. Así
comprendemos que la realeza anunciada por Jesús de palabra y revelada de
modo claro y explícito ante el Procurador romano, es la realeza de la
verdad, la única que da a todas las cosas su luz y su grandeza.
En
la segunda lectura, el autor del Apocalipsis afirma que también
nosotros participamos de la realeza de Cristo. En la aclamación dirigida
a aquel «que nos ama, y nos ha librado de nuestros pecados con su
sangre» declara que él «nos ha hecho reino y sacerdotes para Dios, su
Padre» (1,5-6). También aquí aparece claro que no se trata de un reino
político sino de uno fundado sobre la relación con Dios, con la verdad.
Con su sacrificio, Jesús nos ha abierto el camino para una relación
profunda con Dios: en él hemos sido hechos verdaderos hijos adoptivos,
hemos sido hechos partícipes de su realeza sobre el mundo. Ser, pues,
discípulos de Jesús significa no dejarse cautivar por la lógica mundana
del poder, sino llevar al mundo la luz de la verdad y el amor de Dios.
El autor del Apocalipsis amplia su mirada hasta la segunda venida de
Cristo para juzgar a los hombres y establecer para siempre el reino
divino, y nos recuerda que la conversión, como respuesta a la gracia
divina, es la condición para la instauración de este reino (cf. 1,7). Se
trata de una invitación apremiante que se dirige a todos y cada uno de
nosotros: convertirse continuamente en nuestra vida al reino de Dios, al
señorío de Dios, de la verdad. Lo invocamos cada día en la oración del
«Padre nuestro» con la palabras «Venga a nosotros tu reino», que es como
decirle a Jesús: Señor que seamos tuyos, vive en nosotros, reúne a la
humanidad dispersa y sufriente, para que en ti todo sea sometido al
Padre de la misericordia y el amor.
Queridos y venerados hermanos
cardenales, de modo especial pienso en los que fueron creados ayer, a
vosotros se os ha confiado esta ardua responsabilidad: dar testimonio
del reino de Dios, de la verdad. Esto significa resaltar siempre la
prioridad de Dios y su voluntad frente a los intereses del mundo y sus
potencias. Sed imitadores de Jesús, el cual, ante Pilato, en la
situación humillante descrita en el Evangelio, manifestó su gloria: la
de amar hasta el extremo, dando la propia vida por las personas que
amaba. Ésta es la revelación del reino de Jesús. Y por esto, con un solo
corazón y una misma alma, rezamos: «Adveniat regnum tuum». Amén.
RCG CTV VM - BN
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