6 de febrero, 2012. (Romereports.com) Fue uno de los 50.000 católicos asesinados durante la persecución religiosa que tuvo lugar en Japón entre los siglos XVI y XVII.
“Perdono al jefe de la nación que dio la orden de crucificarnos, y a todos los que han contribuido a nuestro martirio”. Estas fueron sus últimas palabras antes de ser crucificado en Nagasaki el 5 de febrero de 1597.
Nació 31 años antes, fue educado por los
jesuitas y entró en la Compañía de Jesús para seguir los pasos de San Francisco Javier.
En enero de 1597 fue apresado junto a otros 25 católicos: entre ellos 19 japoneses.
Los soldados cortaron una oreja a cada uno y les obligaron a caminar en pleno invierno durante casi mil kilómetros pasando de pueblo en pueblo para asustar a los demás católicos y lograr que rechazasen su fe.
La caminata duró un mes. Durante ese tiempo iban cantando y perdonando a sus verdugos.
Fueron
crucificados en la colina Nishizaka, a las afueras de
Nagasaki, y, ante el asombro de las autoridades japonesas, mostraban felicidad porque iban a morir igual que había muerto Jesucristo. Los cristianos que presenciaban el martirio corrieron hacia las cruces para empapar en trozos de paño la sangre de estos 26
mártires.
La colina se convirtió en lugar de peregrinación y el papa Pio IX los
canonizó en 1862.
Cien años después, en 1962, se levantó en Nagasaki un gran monumento que refleja las figuras de estos 26 mártires formando una enorme cruz.
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