16 de diciembre, 2011. (Romereports.com) (-SÓLO VÍDEO-) En su Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, el Papa lamenta que “la familia y la vida están constantemente amenazadas y, frecuentemente, fragmentadas”. Dice que se priva a los hijos del “uno de los bienes más preciosos: la presencia de los padres” por culpa de “condiciones de trabajo que son incompatibles con las responsabilidades familiares, ritmo de vida frenético, o migraciones en busca de sustentamento”.
Por eso, pide a los políticos un “adecuado apoyo a la maternidad y a la paternidad”, y que los padres “puedan escoger libremente las estructuras educativas que consideren adecuadas para sus hijos”.
TEXTO COMPLETO DEL MENSAJE PARA LA JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ:
EDUCAR A LOS JÓVENES
EN LA JUSTICIA Y LA PAZ
1. EL COMIENZO DE UN AÑO NUEVO, don de Dios a
la humanidad, es una invitación a desear a
todos, con mucha confi anza y afecto, que este tiempo
que tenemos por delante esté marcado por la justicia
y la paz.
¿Con qué actitud debemos mirar el nuevo año?
En el salmo 130 encontramos una imagen muy bella.
El salmista dice que el hombre de fe aguarda
al Señor «más que el centinela la aurora» (v. 6), lo
aguarda con una sólida esperanza, porque sabe que
traerá luz, misericordia, salvación. Esta espera nace
de la experiencia del pueblo elegido, el cual reconoce
que Dios lo ha educado para mirar el mundo en
su verdad y a no dejarse abatir por las tribulaciones.
Os invito a abrir el año 2012 con dicha actitud de
confianza. Es verdad que en el año que termina ha
aumentado el sentimiento de frustración por la crisis
que agobia a la sociedad, al mundo del trabajo y
la economía; una crisis cuyas raíces son sobre todo
culturales y antropológicas. Parece como si un manto
de oscuridad hubiera descendido sobre nuestro
tiempo y no dejara ver con claridad la luz del día.
En esta oscuridad, sin embargo, el corazón del
hombre no cesa de esperar la aurora de la que habla
el salmista. Se percibe de manera especialmente viva
y visible en los jóvenes, y por esa razón me dirijo a
ellos teniendo en cuenta la aportación que pueden y
deben ofrecer a la sociedad. Así pues, quisiera pre4
sentar el Mensaje para la XLV Jornada Mundial de
la Paz en una perspectiva educativa: «Educar a los
jóvenes en la justicia y la paz», convencidos de que
ellos, con su entusiasmo y su impulso hacia los ideales,
pueden ofrecer al mundo una nueva esperanza.
Mi mensaje se dirige también a los padres, las
familias y a todos los estamentos educativos y formativos,
así como a los responsables en los distintos
ámbitos de la vida religiosa, social, política, económica,
cultural y de la comunicación. Prestar atención
al mundo juvenil, saber escucharlo y valorarlo,
no es sólo una oportunidad, sino un deber primario
de toda la sociedad, para la construcción de un futuro
de justicia y de paz.
Se ha de transmitir a los jóvenes el aprecio por
el valor positivo de la vida, suscitando en ellos el deseo
de gastarla al servicio del bien. Éste es un deber
en el que todos estamos comprometidos en primera
persona.
Las preocupaciones manifestadas en estos últimos
tiempos por muchos jóvenes en diversas regiones
del mundo expresan el deseo de mirar con
fundada esperanza el futuro. En la actualidad, muchos
son los aspectos que les preocupan: el deseo
de recibir una formación que los prepare con más
profundidad a afrontar la realidad, la dificultad de
formar una familia y encontrar un puesto estable de
trabajo, la capacidad efectiva de contribuir al mundo
de la política, de la cultura y de la economía, para
edificar una sociedad con un rostro más humano y
solidario.
Es importante que estos fermentos, y el impulso
idealista que contienen, encuentren la justa atención en todos los sectores de la sociedad. La Iglesia mira
a los jóvenes con esperanza, confía en ellos y los anima
a buscar la verdad, a defender el bien común, a
tener una perspectiva abierta sobre el mundo y ojos
capaces de ver «cosas nuevas» (Is 42,9; 48,6).
Los responsables de la educación
2. La educación es la aventura más fascinante y
difícil de la vida. Educar – que viene de educere en
latín – significa conducir fuera de sí mismos para
introducirlos en la realidad, hacia una plenitud que
hacer crecer a la persona. Ese proceso se nutre del
encuentro de dos libertades, la del adulto y la del joven.
Requiere la responsabilidad del discípulo, que
ha de estar abierto a dejarse guiar al conocimiento
de la realidad, y la del educador, que debe de estar
dispuesto a darse a sí mismo. Por eso, los testigos
auténticos, y no simples dispensadores de reglas o
informaciones, son más necesarios que nunca; testigos
que sepan ver más lejos que los demás, porque
su vida abarca espacios más amplios. El testigo es el
primero en vivir el camino que propone.
¿Cuáles son los lugares donde madura una verdadera
educación en la paz y en la justicia? Ante todo
la familia, puesto que los padres son los primeros
educadores. La familia es la célula originaria de la
sociedad. «En la familia es donde los hijos aprenden
los valores humanos y cristianos que permiten una
convivencia constructiva y pacífica. En la familia es
donde se aprende la solidaridad entre las generaciones,
el respeto de las reglas, el perdón y la acogida del otro».
Ella es la primera escuela donde se recibe
educación para la justicia y la paz.
Vivimos en un mundo en el que la familia, y también
la misma vida, se ven constantemente amenazadas
y, a veces, destrozadas. Unas condiciones de
trabajo a menudo poco conciliables con las responsabilidades
familiares, la preocupación por el futuro,
los ritmos de vida frenéticos, la emigración en busca
de un sustento adecuado, cuando no de la simple
supervivencia, acaban por hacer difícil la posibilidad
de asegurar a los hijos uno de los bienes más
preciosos: la presencia de los padres; una presencia
que les permita cada vez más compartir el camino
con ellos, para poder transmitirles esa experiencia y
cúmulo de certezas que se adquieren con los años,
y que sólo se pueden comunicar pasando juntos el
tiempo. Deseo decir a los padres que no se desanimen.
Que exhorten con el ejemplo de su vida a los
hijos a que pongan la esperanza ante todo en Dios,
el único del que mana justicia y paz auténtica.
Quisiera dirigirme también a los responsables de
las instituciones dedicadas a la educación: que vigilen
con gran sentido de responsabilidad para que se
respete y valore en toda circunstancia la dignidad de
cada persona. Que se preocupen de que cada joven
pueda descubrir la propia vocación, acompañándolo
mientras hace fructificar los dones que el Señor
le ha concedido. Que aseguren a las familias que
sus hijos puedan tener un camino formativo que no
contraste con su conciencia y principios religiosos.
Discurso a los Administradores de la Región del Lacio, del Ayuntamiento
y de la Provincia de Roma, (14 enero 2011), L’Osservatore Romano,
ed. en lengua española (23 enero 2011), 3.7
Que todo ambiente educativo sea un lugar de
apertura al otro y a lo transcendente; lugar de diálogo,
de cohesión y de escucha, en el que el joven
se sienta valorado en sus propias potencialidades y
riqueza interior, y aprenda a apreciar a los hermanos.
Que enseñe a gustar la alegría que brota de vivir
día a día la caridad y la compasión por el prójimo, y
de participar activamente en la construcción de una
sociedad más humana y fraterna.
Me dirijo también a los responsables políticos,
pidiéndoles que ayuden concretamente a las familias
e instituciones educativas a ejercer su derecho deber
de educar. Nunca debe faltar una ayuda adecuada
a la maternidad y a la paternidad. Que se esfuercen
para que a nadie se le niegue el derecho a la
instrucción y las familias puedan elegir libremente
las estructuras educativas que consideren más idóneas
para el bien de sus hijos. Que trabajen para favorecer
el reagrupamiento de las familias divididas
por la necesidad de encontrar medios de subsistencia.
Ofrezcan a los jóvenes una imagen límpida de la
política, como verdadero servicio al bien de todos.
No puedo dejar de hacer un llamamiento, además,
al mundo de los medios, para que den su aportación
educativa. En la sociedad actual, los medios
de comunicación de masa tienen un papel particular:
no sólo informan, sino que también forman el
espíritu de sus destinatarios y, por tanto, pueden dar
una aportación notable a la educación de los jóvenes.
Es importante tener presente que los lazos entre
educación y comunicación son muy estrechos:
en efecto, la educación se produce mediante la comunicación,
que influye positiva o negativamente
en la formación de la persona. También los jóvenes han de tener el valor de vivir
ante todo ellos mismos lo que piden a quienes
están en su entorno. Les corresponde una gran responsabilidad:
que tengan la fuerza de usar bien y
conscientemente la libertad. También ellos son responsables
de la propia educación y formación en la
justicia y la paz.
Educar en la verdad y en la libertad
3. San Agustín se preguntaba: «Quid enim fortius
desiderat anima quam veritatem? - ¿Ama algo el alma
con más ardor que la verdad?».2 El rostro humano de
una sociedad depende mucho de la contribución de
la educación a mantener viva esa cuestión insoslayable.
En efecto, la educación persigue la formación
integral de la persona, incluida la dimensión moral
y espiritual del ser, con vistas a su fin último y al bien
de la sociedad de la que es miembro. Por eso, para
educar en la verdad es necesario saber sobre todo
quién es la persona humana, conocer su naturaleza.
Contemplando la realidad que lo rodea, el salmista
reflexiona: «Cuando contemplo el cielo, obra de tus
dedos, la luna y las estrellas que has creado. ¿Qué
es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano,
para que de él te cuides?» (Sal 8,4-5). Ésta
es la cuestión fundamental que hay que plantearse:
¿Quién es el hombre? El hombre es un ser que alberga
en su corazón una sed de infi nito, una sed de
verdad – no parcial, sino capaz de explicar el sentido
de la vida – porque ha sido creado a imagen y
semejanza de Dios. Así pues, reconocer con gratitud
2 Comentario al Evangelio de S. Juan, 26,5.
la vida como un don inestimable lleva a descubrir
la propia dignidad profunda y la inviolabilidad de
toda persona. Por eso, la primera educación consiste
en aprender a reconocer en el hombre la imagen
del Creador y, por consiguiente, a tener un profundo
respeto por cada ser humano y ayudar a los otros a
llevar una vida conforme a esta altísima dignidad.
Nunca podemos olvidar que «el auténtico desarrollo
del hombre se refiere a la totalidad de la persona en
todas sus dimensiones»,3 incluida la trascendente, y
que no se puede sacrificar a la persona para obtener
un bien particular, ya sea económico o social, individual
o colectivo.
Sólo en la relación con Dios comprende también
el hombre el significado de la propia libertad. Y es
cometido de la educación el formar en la auténtica
libertad. Ésta no es la ausencia de vínculos o el dominio
del libre albedrío, no es el absolutismo del yo.
El hombre que cree ser absoluto, no depender de
nada ni de nadie, que puede hacer todo lo que se le
antoja, termina por contradecir la verdad del propio
ser, perdiendo su libertad. Por el contrario, el hombre
es un ser relacional, que vive en relación con los
otros y, sobre todo, con Dios. La auténtica libertad
nunca se puede alcanzar alejándose de Él.
La libertad es un valor precioso, pero delicado;
se la puede entender y usar mal. «En la actualidad,
un obstáculo particularmente insidioso para la obra
educativa es la masiva presencia, en nuestra sociedad
y cultura, del relativismo que, al no reconocer
3 Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 11: AAS 101 (2009),
648; cf. PABLO VI, Carta enc. Populorum progressio (26 marzo 1967), 14:
AAS 59 (1967), 264.
10 nada como definitivo, deja como última medida sólo
el propio yo con sus caprichos; y, bajo la apariencia
de la libertad, se transforma para cada uno en
una prisión, porque separa al uno del otro, dejando
a cada uno encerrado dentro de su propio “yo”. Por
consiguiente, dentro de ese horizonte relativista no
es posible una auténtica educación, pues sin la luz
de la verdad, antes o después, toda persona queda
condenada a dudar de la bondad de su misma vida
y de las relaciones que la constituyen, de la validez
de su esfuerzo por construir con los demás algo en
común».4
Para ejercer su libertad, el hombre debe superar
por tanto el horizonte del relativismo y conocer la
verdad sobre sí mismo y sobre el bien y el mal. En
lo más íntimo de la conciencia el hombre descubre
una ley que él no se da a sí mismo, sino a la que debe
obedecer y cuya voz lo llama a amar, a hacer el bien
y huir del mal, a asumir la responsabilidad del bien
que ha hecho y del mal que ha cometido.5 Por eso, el
ejercicio de la libertad está íntimamente relacionado
con la ley moral natural, que tiene un carácter universal,
expresa la dignidad de toda persona, sienta
la base de sus derechos y deberes fundamentales, y,
por tanto, en último análisis, de la convivencia justa
y pacífica entre las personas.
El uso recto de la libertad es, pues, central en la
promoción de la justicia y la paz, que requieren el
respeto hacia uno mismo y hacia el otro, aunque se
distancie de la propia forma de ser y vivir. De esa
4 Discurso en la ceremonia de apertura de la Asamblea eclesial de la
diócesis de Roma (6 junio 2005): AAS 97 (2005), 816.
5 Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. past. Gaudium et spes, 16.
11 actitud brotan los elementos sin los cuales la paz
y la justicia se quedan en palabras sin contenido:
la confianza recíproca, la capacidad de entablar un
diálogo constructivo, la posibilidad del perdón, que
tantas veces se quisiera obtener pero que cuesta
conceder, la caridad recíproca, la compasión hacia
los más débiles, así como la disponibilidad para el
sacrificio.
Educar en la justicia
4. En nuestro mundo, en el que el valor de la persona,
de su dignidad y de sus derechos, más allá de
las declaraciones de intenciones, está seriamente
amenazo por la extendida tendencia a recurrir exclusivamente
a los criterios de utilidad, del beneficio
y del tener, es importante no separar el concepto de
justicia de sus raíces transcendentes. La justicia, en
efecto, no es una simple convención humana, ya que
lo que es justo no está determinado originariamente
por la ley positiva, sino por la identidad profunda
del ser humano. La visión integral del hombre es lo
que permite no caer en una concepción contractualista
de la justicia y abrir también para ella el horizonte
de la solidaridad y del amor.6
No podemos ignorar que ciertas corrientes de la
cultura moderna, sostenida por principios económicos
racionalistas e individualistas, han sustraído al
concepto de justicia sus raíces transcendentes, separándolo
de la caridad y la solidaridad: «La “ciudad
del hombre” no se promueve sólo con relaciones de
6 Cf. Discurso en el Bundestag (Berlín, 22 septiembre 2011): L’Osservatore
Romano, ed. en lengua española (25 septiembre 2011), 6-7.
12 derechos y deberes sino, antes y más aún, con relaciones
de gratuidad, de misericordia y de comunión.
La caridad manifiesta siempre el amor de Dios
también en las relaciones humanas, otorgando valor
teologal y salvífico a todo compromiso por la justicia
en el mundo».7
«Bienaventurados los que tienen hambre y sed
de la justicia, porque ellos quedarán saciados» (Mt
5,6). Serán saciados porque tienen hambre y sed de
relaciones rectas con Dios, consigo mismos, con sus
hermanos y hermanas, y con toda la creación.
Educar en la paz
5. «La paz no es sólo ausencia de guerra y no se
limita a asegurar el equilibrio de fuerzas adversas.
La paz no puede alcanzarse en la tierra sin la salvaguardia
de los bienes de las personas, la libre comunicación
entre los seres humanos, el respeto de
la dignidad de las personas y de los pueblos, la práctica
asidua de la fraternidad».8 La paz es fruto de la
justicia y efecto de la caridad. Y es ante todo don de
Dios. Los cristianos creemos que Cristo es nuestra
verdadera paz: en Él, en su cruz, Dios ha reconciliado
consigo al mundo y ha destruido las barreras que
nos separaban a unos de otros (cf. Ef 2,14-18); en Él,
hay una única familia reconciliada en el amor.
Pero la paz no es sólo un don que se recibe, sino
también una obra que se ha de construir. Para ser
verdaderamente constructores de la paz, debemos
ser educados en la compasión, la solidaridad, la
7 Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 6: AAS 101 (2009),
644-645. 8 Catecismo de la Iglesia Católica, 2304.
13 colaboración, la fraternidad; hemos de ser activos
dentro de las comunidades y atentos a despertar las
consciencias sobre las cuestiones nacionales e internacionales,
así como sobre la importancia de buscar
modos adecuados de redistribución de la riqueza,
de promoción del crecimiento, de la cooperación
al desarrollo y de la resolución de los conflictos.
«Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque
ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9).
La paz para todos nace de la justicia de cada uno
y ninguno puede eludir este compromiso esencial de
promover la justicia, según las propias competencias
y responsabilidades. Invito de modo particular
a los jóvenes, que mantienen siempre viva la tensión
hacia los ideales, a tener la paciencia y constancia
de buscar la justicia y la paz, de cultivar el gusto por
lo que es justo y verdadero, aun cuando esto pueda
comportar sacrificio e ir contracorriente.
Levantar los ojos a Dios
6. Ante el difícil desafío que supone recorrer la vía
de la justicia y de la paz, podemos sentirnos tentados
de preguntarnos como el salmista: «Levanto mis
ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio?»
(Sal 121,1).
Deseo decir con fuerza a todos, y particularmente
a los jóvenes: «No son las ideologías las que salvan
el mundo, sino sólo dirigir la mirada al Dios viviente,
que es nuestro creador, el garante de nuestra
libertad, el garante de lo que es realmente bueno y
auténtico [...], mirar a Dios, que es la medida de lo
que es justo y, al mismo tiempo, es el amor eterno.
14 Y ¿qué puede salvarnos sino el amor?».9 El amor se
complace en la verdad, es la fuerza que nos hace capaces
de comprometernos con la verdad, la justicia,
la paz, porque todo lo excusa, todo lo cree, todo lo
espera, todo lo soporta (cf. 1 Co 13,1-13).
Queridos jóvenes, vosotros sois un don precioso
para la sociedad. No os dejéis vencer por el desánimo
ante a las dificultades y no os entreguéis a las
falsas soluciones, que con frecuencia se presentan
como el camino más fácil para superar los problemas.
No tengáis miedo de comprometeros, de hacer
frente al esfuerzo y al sacrificio, de elegir los caminos
que requieren fidelidad y constancia, humildad
y dedicación. Vivid con confianza vuestra juventud
y esos profundos deseos de felicidad, verdad, belleza
y amor verdadero que experimentáis. Vivid con
intensidad esta etapa de vuestra vida tan rica y llena
de entusiasmo.
Sed conscientes de que vosotros sois un ejemplo
y estímulo para los adultos, y lo seréis cuanto más os
esforcéis por superar las injusticias y la corrupción,
cuanto más deseéis un futuro mejor y os comprometáis
en construirlo. Sed conscientes de vuestras
capacidades y nunca os encerréis en vosotros mismos,
sino sabed trabajar por un futuro más luminoso
para todos. Nunca estáis solos. La Iglesia confía
en vosotros, os sigue, os anima y desea ofreceros lo
que tiene de más valor: la posibilidad de levantar
los ojos hacia Dios, de encontrar a Jesucristo, Aquel
que es la justicia y la paz.
9 Vigilia de oración con los jóvenes (Colonia, 20 agosto 2005): AAS 97
(2005), 885-886.
A todos vosotros, hombres y mujeres preocupados
por la causa de la paz. La paz no es un bien ya
logrado, sino una meta a la que todos debemos aspirar.
Miremos con mayor esperanza al futuro, animémonos
mutuamente en nuestro camino, trabajemos
para dar a nuestro mundo un rostro más humano y
fraterno y sintámonos unidos en la responsabilidad
respecto a las jóvenes generaciones de hoy y del mañana,
particularmente en educarlas a ser pacíficas y
artífices de paz. Consciente de todo ello, os envío estas
reflexiones y os dirijo un llamamiento: unamos
nuestras fuerzas espirituales, morales y materiales
para «educar a los jóvenes en la justicia y la paz».
Vaticano, 8 de diciembre de 2011