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Rome Reports

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Texto completo: Las 8 bienaventuranzas del Papa a los obispos


Bienaventurado el obispo que hace de la pobreza y del compartir su estilo de vida, porque con su testimonio construye el Reino de los Cielos.

Bienaventurado el obispo que no teme mojar su rostro con lágrimas para que en ellas se refleje el sufrimiento del pueblo, el trabajo de los sacerdotes y que encuentra el consuelo de Dios en el abrazo con los que sufren.

Bienaventurado sea el obispo que considera su ministerio como un servicio y no como un poder, que hace de la mansedumbre su fuerza, que da a todos el derecho a un lugar en su corazón, para dar la tierra prometida a los débiles.

Bienaventurado el obispo que no se encierra en los edificios del gobierno, que no se convierte en un burócrata más atento a las estadísticas que a los rostros, a los procedimientos que a las historias, que busca luchar junto al hombre por el sueño de justicia de Dios porque el Señor, encontrado en el silencio de la oración diaria, será su alimento.

Bienaventurado el obispo que tiene un corazón para la miseria del mundo. Que no teme ensuciarse las manos con el barro del alma humana para encontrar el oro de Dios, que no se escandaliza por el pecado y la fragilidad de los demás porque conoce su propia miseria, porque la mirada del crucificado resucitado será el sello del perdón infinito.

Bienaventurado el obispo que se aleja de la duplicidad del corazón, que evita toda dinámica ambigua, que sueña con el bien en medio del mal, porque podrá alegrarse del rostro de Dios, encontrando su reflejo en cada charco de la ciudad de las personas. 

Bienaventurado el obispo que trabaja por la paz, que camina por la senda de la reconciliación, que planta la semilla de la comunión en el corazón de los sacerdotes, que acompaña a la sociedad dividida por el camino de la reconciliación, que lleva de la mano a todo hombre y mujer de buena voluntad para construir la fraternidad: Dios lo reconocerá como su hijo.

Bienaventurado el obispo que no teme ir contra corriente por el Evangelio y endurece su rostro como Jesús yendo a Jerusalén, sin dejarse detener por incomprensiones y obstáculos, porque sabe que el Reino de Dios avanza contra el mundo.