León XIV carga con la Cruz durante las catorce estaciones en un Vía Crucis multitudinario en el Coliseo

Ana Torres

El Coliseo de Roma, el anfiteatro Flavio, fue el escenario elegido para que tuviera lugar uno de los momentos más especiales de toda la Semana Santa en la ciudad eterna: el rezo del Vía Crucis, de las 14 estaciones; los episodios que marcan la Pasión de Jesús desde su condena hasta su sepultura.

Cada año se elige este lugar al ser uno de los puntos de la ciudad en los que se se martirizaron y torturaron a los primeros cristianos.

Como todas las celebraciones que han tenido lugar a lo largo de esta Semana Santa, éste momento también fue nuevo para León XIV, a quien vimos cargar la Cruz en todas las estaciones.

Los diferentes textos de las estaciones las escribió Mons. Francesco Patton, quien fuera Custodio de Tierra Santa.

Toda autoridad deberá responder ante Dios por el propio modo de ejercitar el poder recibido: el poder de juzgar, pero también el poder de comenzar una guerra o de terminarla; el poder de educar a la violencia o a la paz

Al final de cada estación de penitencia, se llevó a cabo una petición por parte de todos los fieles y algunas de las más importantes fueron el fin de la guerra, el auxilio de los migrantes, de los desplazados, de los refugiados, el fin de las masacres, de los genocidios y de la indiferencia.

14 estaciones en las que el papa León acompañó portando la Cruz a más de los 20.000 fieles que se dieron cita en el Coliseo de Roma para recordar la Pasión de Jesucristo el día en el que se conmemora su muerte, el Viernes Santo.

EN DIRECTO: Sigue el VIA CRUCIS desde el COLISEO con el PAPA LEÓN XIV

El Predicador de la Casa Pontificia explica el Viernes Santo cómo se alcanzó la salvación por la Cruz -VIDEO

Hermanos y hermanas, en este día santo la liturgia nos hace contemplar la pasión del Señor. La acabamos de escuchar en el canto. Delante de este misterio de muerte y de gloria, es natural para nosotros reunirnos en silencio. E en oración, la cruz de Cristo sin embargo corre el riesgo de permanecer incomprensible. Se la guardamos solo como un hecho aislado. Come un evento repentino. En realidad es el punto más alto de un camino. El cumplimiento de toda una vida en la que Jesús ha aprendido a escuchar y a acoger la voz del Padre. Dejándose guiar día tras día hasta el amor más grande. Para comprender este camino en los días de la Semana Santa, la liturgia nos ha hecho escuchar los llamados cantos del siervo del Señor. Son textos poéticos.

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en la que el profeta Isaías había esbozado la figura de un misterioso siervo. a través del cual Dios habría sido capaz de salvar al mundo del mal y del pecado. La tradición cristiana ha reconocido en estos cantos una prefiguración sorprendente. e dramática. de esos pasos que Jesús ha cumplido, identificándose como ese hombre de dolores que conoce bien el sufrimiento. che se ha despojado hasta la muerte. portando su di sé. el pecado de muchos. En el primero de estos cantos, el siervo es presentado como alguien que debe llevar a cabo una misión importante. Bella. Abriré los ojos a los ciegos. Hacer salir de la cárcel a los prisioneros. Da esa reclusión, aquellos que habitan en las tinieblas. Es una tarea completamente en nombre de la vida, dirigida a aquellos que están en el sufrimiento, en la injusticia, en el pecado.

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Sin embargo, el sirviente deberá llevar a cabo esta misión de una manera muy precisa. No gritará ni elevará el tono. No hará oír en la plaza su voz. No romperá una caña agrietada. No apagará una mecha de la llama muerta. Ninguna violencia. Ningún recurso a la fuerza. Ninguna tentación de destruirlo todo para empezar de nuevo. El siervo deberá buscar la vida en medio de las tinieblas del mal. Sabemos lo difícil que no es. Abrazar una misión similar. Estamos siempre y continuamente tentados a usar un poco' di agresividad. Un po' de violencia. Pensando que sin estos medios las cosas nunca se resuelven. El siervo del Señor no puede ceder a este instinto. Deberá custodiar la amabilidad como única fuerza para enfrentar las tinieblas del mal. En el segundo canto, sin embargo, algo se quiebra.

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Después de intentar llevar a cabo su misión, el sirviente se da cuenta de que todo su intento de hacer el bien parece inútil. Por nada y en vano he consumido mis fuerzas. El bien sembrado no parece germinar. Todo parece quieto, bloqueado. Es una crisis que tarde o temprano alcanza a cualquiera que haya elegido seguir al Señor. La sensación de girar en vacío, de no llegar a ninguna parte. de permanecer fieles a algo que no da fruto. En realidad. Es solo una impresión. Porque con la palabra en vano el profeta no dice que el siervo ha actuado inútilmente. ma solo que el fruto de su trabajo no lo puede verificar. Entrando en las tinieblas, el siervo es como si hubiera entrado en un espacio donde las cosas ya no son las mismas.

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No se entienden más con nuestros criterios. Me siguen otro dibujo. El paradójico de la salvación que viene de Dios. En el tercer canto emerge una nueva sorpresa. El siervo se da cuenta de que precisamente aquellos a quienes Él querría ayudar reaccionan con hostilidad, con rabia. Incluso con violencia. Quien vive en las tinieblas, de hecho, no siempre acoge la luz. A veces la rechaza y trata de detenerla. Porque la luz no resalta solo lo que es bello, sino también lo que nosotros quisiéramos esconder. Nuestras heridas. Nuestras mentiras. nuestra ambigüedad. Y esto da miedo. El sirviente sin embargo no se echa atrás. Continúa el camino indicado por el Señor sin huir. He presentado mi espalda a los flageladores, mis mejillas a aquellos que me arrancaban la barba. No he sustraído la cara a los insultos.

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e a los escupitajos. En el cuarto canto, el que hemos proclamado en esta liturgia, ocurre algo desconcertante. La violencia que se abate sobre el siervo es tan intensa que desfigura su rostro. hasta hacerlo irreconocible. No tiene apariencia ni belleza. Sin embargo, precisamente en este camino el siervo ha aprendido a no devolver el mal recibido. Cuando el mal nos golpea, nuestro instinto siempre es reaccionar. di remitirlo de vuelta. Di pareggiare almeno los cuentas. El siervo no se resigna a esta lógica. Acoge todo sin devolver violencia. El mal llega de él y allí se detiene. Por esto llevaba el pecado de muchos. E intercedía por los culpables. Hermanos y hermanas, el Señor Jesús no se ha limitado a escuchar estos cantos. Los ha interpretado. Los ha vivido intensamente y con plena confianza en la voluntad del Padre.

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Fino a transformar su crucifixión en la salvación del mundo. Qué mundo que, delante del mal, solo conoce dos caminos. Arrendersi o restituirlo. Lo vemos continuamente. En las guerras. en las divisiones. En las heridas que marcan todas nuestras relaciones. El mal sigue circulando porque siempre encuentra a alguien dispuesto a devolverlo y a multiplicarlo. Jesús ha roto esta cadena. No imponiéndose con una fuerza superior, sino acogiendo lo que le ha sucedido. E reconociendo en esos eventos dramáticos de su pasión la partitura. los cantos de amor y de servicio. que el Padre había confiado a su vida. No ha ejecutado esta partitura de manera mecánica, la ha hecho suya. Traduciendo las palabras proféticas en gestos concretos, en silencios llenos de compasión. Así, recorriendo el camino de la cruz, ha aprendido la obediencia más difícil.

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la del amor por el otro. también cuando el otro se presenta como un enemigo. Vivimos en un mundo en el que la voz de Dios ya no orienta, como antes, el camino compartido de la humanidad. No porque la voz de Dios haya dejado de existir. ma porque a menudo es una voz entre las muchas. cobertura de otras palabras que prometen seguridad, progreso, bienestar. Son estas hoy las indicaciones que guían muchas elecciones. e trazan la dirección del vivir común. Sin embargo, el mundo sigue siendo un lugar donde se sufre y se muere. a menudo sin culpa y sin razón. Las guerras no se detienen, las injusticias se multiplican. Los más frágiles son aquellos que hacen los mayores gastos. Es como si faltara una palabra capaz de mantener unido el camino de la humanidad.

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Un canto. que sepa orientar nuestros pasos hacia un mundo más justo y fraterno. Eppure en este escenario, si miramos con atención podemos vislumbrar algo sorprendente. Una fila silenciosa de personas que eligen escuchar una voz diferente. Algunos la reconocen claramente como la voluntad de Dios. Altri. La sentono como un llamado profundo. e irrinunciable de la propia conciencia. Es una voz que no grita. Que no se impone con fuerza. Que no promete atajos. Es un canto discreto y obstinado que invita a amar. Arrestaré. Nunca devolver el mal recibido. Algunos. Eligen escuchar este canto. Son hombres y mujeres. Normali. Que a veces recorren sin siquiera saberlo. La misma vía del siervo del Señor. No compiten gestos extraordinarios. Simplemente cada día se levantan y tratan de hacer de su vida. Algo que no sirve solo para ellos.

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Ma también a los demás. Portan pesos que no han elegido. Acogen heridas sin endurecerse. No dejan de buscar el bien. Incluso cuando parece inútil. No hacen ruido. No ocupan la escena, pero mantienen abierta la posibilidad de un mundo diferente. Es gracias a ellos que el mal no tiene la última palabra. Y la historia no se está cerrando en la violencia. Esta multitud. ¿Di persone a testa que los cantos de ese siervo de quien Dios se complace? Continuando a resonar en el corazón humano. Esperando solo a alguien dispuesto a traducirlos en la partitura concreta de su propia vida. Incluso cuando esto significa llevar la cruz. En pocos instantes, nosotros la cruz del Señor la adoraremos con gestos, silencios, oraciones. será una ocasión especial. Para reconocer el misterio de Dios. Y reconciliarnos.

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Con la calidad, débil, y fuerte de su amor por nosotros y por todos. Si no queremos correr el riesgo de reducir esta liturgia a una exterioridad formal, tal vez podríamos decidir al menos en nuestro corazón. Deja de poner esas armas que aún sostenemos entre las manos. Quizás no nos parezcan tan peligrosas como las que tienen. Los potentes del mundo. Sin embargo, también son instrumentos de muerte. Porque son suficientes para debilitar, herir, vaciar de sentido y de amor nuestras relaciones cotidianas. Ayer como hoy el mundo necesita ser salvado. De la violencia del mal, de la injusticia que mata. De las divisiones que humillan. Pero esta salvación no descenderá desde lo alto. Se podrá garantizar por decisiones políticas, económicas o militares. El mundo es continuamente salvado por quienes están dispuestos a acoger los cantos del Siervo del Señor como forma de su propia vida.

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Esto es lo que ha hecho el Señor Jesús. Ha tomado en serio la voluntad del Padre, acogiéndola como una partitura para ejecutar hasta el final. Con fuertes gritos y lágrimas. Por esto, en el momento decisivo en que fue arrestado, pudo declarar: Soy yo. Para entrar libremente en su pasión de amor. Fratelli e sorelle, anche noi questa sera è consegnato lo spartito della croce. Podemos acogerlo. Liberamente. Aceptamos que no hay ninguna circunstancia difícil. Que no pueda ser afrontada. No hay ningún culpable a quien señalar con el dedo. No hay ningún enemigo que pueda impedirnos amar y servir. Ci estamos en cambio nosotros. Eligiendo no devolver el mal de permanecer pacientes en las tribulaciones. ¿Di credere en el bien incluso cuando las tinieblas parecen tragarse todo? Podemos convertirnos. Día tras día, esos sirvientes.

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De lo que el Señor necesita para llevar salvación al mundo. En un tiempo como el nuestro, así lacerado aún por el odio y la violencia. Donde incluso el nombre de Dios se invoca para justificar guerras y decisiones de muerte, nosotros cristianos estamos llamados a acercarnos sin miedo. Anzi. Con plena confianza. alla croce del Signore. Sabiendo que ella es un trono. Sobre el cual se sienta y se aprende a reinar con él. Poniendo la vida al servicio de los demás. Se sabremos mantener firme la profesión de esta nuestra fe. También nuestros días sabrán. Atrévete a dar voz a los cantos de la alegría y del sufrimiento. Qué misterioso spartito de la cruz. En los que son reconocibles. Las notas del amor más grande.

Este es el gesto que León XIV nunca había realizado hasta ahora desde que fue elegido pontífice

Es la primera vez que vemos a León XIV realizar este gesto: se postra en el suelo para adorar la Cruz el día en el que ha muerto Jesús en ella.
Y es que, se trata de la primera vez que preside la celebración de la Pasión del Señor en el Viernes Santo. En una basílica de San Pedro abarrotada, los fieles se reunieron para escuchar el Evangelio según San Juan tal y como manda la tradición, al ser este el más completo y solemne.
Despojado de su mitra, de su báculo y de su solideo, el papa León XIV se postró ante el altar y a continuación, presidió la conmemoración de la muerte de Jesús.Posteriormente tomó la palabra Fray Roberto Pasolini, predicador de la Casa Pontificia y el encargado de pronunciar una homilía en la que recordó de qué forma se venció al mal hace más de dos mil años

FR. ROBERTO PASOLINI
Predicador de la Casa Pontificia
Lo vemos continuamente: en las guerras, en las divisiones, en las heridas que marcan todas nuestras relaciones. El mal continúa circulando porque siempre encuentra a alguien dispuesto a devolverlo y multiplicarlo. Jesús ha roto esta cadena.

Además, también aprovechó la oportunidad para recordar a todos los presentes que la muerte en la Cruz del Viernes Santo no fue un hecho aislado, un evento apartado, si no la culminación de un camino en el que nuestro protagonista se dejó guiar: creyendo en la voluntad del Padre.

FR. ROBERTO PASOLINI
Predicador de la Casa PontificiaCuando el mal nos golpea, nuestro instinto siempre es reaccionar, devolverlo o al menos saldar las cuentas; el ciervo no se resigna a esta lógica, acoge todo sin devolver violencia, y el mal llega hasta él y allí se detiene .
Tras llevar a cabo las diferentes peticiones que propone la Iglesia, llegó el momento más esperado: el papa se despojó de su casulla, de sus zapatos y del anillo del pescador para llevar a cabo la adoración de la Cruz de la Salvación .
Éste es el único día del Año en el que no se celebra la Eucaristía como tal, sin embargo, sí se comulga con las formas consagradas del día anterior.

Sin anillo, casulla y zapatos: León XIV adora la Cruz el día de la muerte del Señor -VIDEO

El papa León XIV se despojó del anillo del pescador, de la casulla y de sus zapatos para protagonizar uno de los momentos más especiales de toda la Semana Santa 2026: adorar de rodillas el madero en el que falleció Jesús el Viernes Santo.

Al iniciar el rito central de la Pasión del Señor, el Santo Padre siguió las normas del Ceremonial y, ante la mirada de los fieles y de los miembros de la Curia Romana, se despojó de la casulla, se quitó los zapatos y colocó a un lado el Anillo del Pescador, símbolo de su autoridad como sucesor de San Pedro. Este gesto, previsto en las directrices litúrgicas para el Viernes Santo, subraya la actitud de humilde adoración y abolición de toda pretensión de dominio ante el misterio de Cristo crucificado.

Homilía completa de León XIV durante la Misa Crismal desde la Basílica de San Pedro

Queridos hermanos y hermanas:

Nos encontramos ya en el umbral del Triduo Pascual. Una vez más, el Señor nos llevará a la cumbre de su misión, para que su pasión, muerte y resurrección se conviertan en el corazón de nuestra misión. Lo que estamos a punto de revivir, de hecho, tiene en sí la fuerza de transformar aquello que el orgullo humano tiende generalmente a endurecer: nuestra identidad, nuestro lugar en el mundo. La libertad de Jesús cambia el corazón, sana las heridas, perfuma y hace brillar nuestros rostros, reconcilia y reúne, perdona y resucita.

En este primer año en el que presido la Misa Crismal como Obispo de Roma, deseo reflexionar con ustedes sobre la misión a la que Dios nos consagra como su pueblo. Es la misión cristiana, la misma de Jesús, no otra. En ella participa cada uno según su propia vocación y en una obediencia muy personal a la voz del Espíritu, ¡pero nunca sin los demás, nunca descuidando o rompiendo la comunión! Obispos y presbíteros, al renovar nuestras promesas, estamos al servicio de un pueblo misionero. Somos, junto con todos los bautizados, el Cuerpo de Cristo, ungidos por su Espíritu de libertad y de consuelo, Espíritu de profecía y de unidad.

Lo que Jesús vive en los momentos culminantes de su misión ya se anticipa en el pasaje de Isaías, que Él mismo señaló en la sinagoga de Nazaret como la Palabra que «hoy» se cumple (cf. Lc 4,21). En la hora de la Pascua, de hecho, queda definitivamente claro que Dios consagra para enviar. Él «me envió» (Lc 4,18), dice Jesús, describiendo ese movimiento que une su Cuerpo a los pobres, a los prisioneros, a quienes caminan a tientas en la oscuridad y a quienes se encuentran oprimidos. Y nosotros, miembros de su Cuerpo, llamamos “apostólica” a una Iglesia enviada, no estática, impulsada más allá de sí misma, consagrada a Dios en el servicio a sus criaturas: «Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes» (Jn 20,21).

Sabemos que ser enviados implica, en primer lugar, un desprendimiento, es decir, el riesgo de dejar lo que es familiar y seguro, para adentrarse en lo nuevo. Es interesante que «con el poder del Espíritu» (Lc 4,14), descendido sobre Él después del Bautismo en el Jordán, Jesús regrese a Galilea y vaya «a Nazaret, donde se había criado» (v.16). Es el lugar que ahora debe abandonar. Se mueve «como de costumbre» (ibíd.), pero para inaugurar un tiempo nuevo. Ahora deberá partir definitivamente de aquel pueblo, para que madure lo que allí ha germinado, sábado tras sábado, en la escucha fiel de la Palabra de Dios. Del mismo modo, llamará a otros a partir, a arriesgarse, para que ningún lugar se convierta en una celda, ninguna identidad en una guarida.

Queridos hermanos, nosotros seguimos a Jesús, quien «no consideró la igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo» (Flp 2,6-7). Toda misión comienza con ese tipo de vaciamiento en el que todo renace. Nuestra dignidad de hijos e hijas de Dios no nos puede ser quitada, ni se puede perder, pero tampoco pueden borrarse los afectos, los lugares y las experiencias que están en el origen de nuestra vida. Somos herederos de tanto bien y, al mismo tiempo, de los límites de una historia en la que el Evangelio debe llevar luz y salvación, perdón y sanación. Así, la misión comienza por la reconciliación con nuestros orígenes, con los dones y los límites de la formación recibida; al mismo tiempo, no hay paz sin el valor de partir, no hay conciencia sin la audacia del desprendimiento, no hay alegría sin arriesgar. Somos el Cuerpo de Cristo si nos ponemos en movimiento, saliendo de nosotros mismos, haciendo las paces con el pasado sin quedarnos prisioneros de él: todo se recupera y se multiplica si primero se deja ir, sin miedo. Es un primer secreto de la misión. Y no se experimenta una sola vez, sino en cada nuevo comienzo, en cada ulterior envío.

El camino de Jesús nos revela que la disponibilidad para perder, para vaciarse, no es un fin en sí misma, sino una condición para el encuentro y la intimidad. El amor sólo es verdadero si está desarmado, necesita pocas cosas, ninguna ostentación, y custodia con delicadeza la debilidad y la desnudez. Nos cuesta lanzarnos a una misión tan expuesta, y sin embargo no hay «buena nueva para los pobres» (cf. Lc 4,18) si acudimos a ellos con signos de poder, ni hay auténtica liberación si no nos liberamos de la posesión. Aquí tocamos un segundo secreto de la misión cristiana. Tras el desprendimiento está la ley del encuentro. Sabemos que, a lo largo de la historia, la misión ha sido no pocas veces trastocada por lógicas de dominio, totalmente ajenas al camino de Jesucristo. San Juan Pablo II tuvo la lucidez y el valor de reconocer que «por el vínculo que une a unos y otros en el Cuerpo místico, y aún sin tener responsabilidad personal ni eludir el juicio de Dios, el único que conoce los corazones, somos portadores del peso de los errores y de las culpas de quienes nos han precedido». [1]

Por consiguiente, es ahora prioritario recordar que ni en el ámbito pastoral, ni en el ámbito social y político, el bien puede provenir de la prepotencia. Los grandes misioneros son testigos de acercamientos cuidadosos, cuyo método consiste en compartir la vida, el servicio desinteresado, la renuncia a cualquier estrategia calculadora, el diálogo y el respeto. Es el camino de la encarnación, que siempre y de nuevo toma la forma de la inculturación. La salvación, de hecho, sólo puede ser acogida por cada uno en su lengua materna. «¿Cómo es que cada uno de nosotros los oye en su propia lengua?» ( Hch 2,8). La sorpresa de Pentecostés se repite cuando no pretendemos dominar los tiempos de Dios, sino que confiamos en el Espíritu Santo, que “está presente también hoy, como en tiempos de Jesús y de los apóstoles, está presente y actuante, llega antes que nosotros, trabaja más y mejor que nosotros; a nosotros no nos corresponde ni sembrarlo ni despertarlo, sino ante todo reconocerlo, acogerlo, seguirlo, abrirle camino e ir tras él. Está ahí y nunca ha perdido la esperanza respecto a nuestro tiempo; por el contrario, sonríe, baila, penetra, envuelve, llega incluso allí donde nunca hubiéramos imaginado”. [2]

Para establecer esta sintonía con lo invisible, es necesario llegar con sencillez al lugar al que se nos envía, honrando el misterio que cada persona y cada comunidad lleva consigo: una sacralidad que nos trasciende por todas partes y que se vulnera cuando nos comportamos como dueños de los lugares y de la vida ajena. Somos huéspedes: lo somos como obispos, como sacerdotes, como religiosas y religiosos, como cristianos. De hecho, para acoger debemos aprender a dejarnos acoger. Incluso los lugares donde la secularización parece más avanzada no son tierra de conquista, ni de reconquista: «Nuevas culturas continúan gestándose en estas enormes geografías humanas en las que el cristiano ya no suele ser promotor o generador de sentido, sino que recibe de ellas otros lenguajes, símbolos, mensajes y paradigmas que ofrecen nuevas orientaciones de vida, frecuentemente en contraste con el Evangelio de Jesús […]. Es necesario llegar allí donde se gestan los nuevos relatos y paradigmas, alcanzar con la Palabra de Jesús los núcleos más profundos del alma de las ciudades». [3] Esto sólo ocurre si en la Iglesia caminamos juntos, si la misión no es una aventura heroica de alguien, sino el testimonio vivo de un Cuerpo con muchos miembros.

Existe además una tercera dimensión, quizá la más radical, de la misión cristiana. Ya en la violenta reacción de los habitantes de Nazaret ante las palabras de Jesús se manifiesta la dramática posibilidad de la incomprensión y del rechazo: «Al oír estas palabras, todos los que estaban en la sinagoga se enfurecieron y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intención de despeñarlo» (Lc 4,28-29). Aunque la lectura litúrgica haya omitido esta parte, lo que nos disponemos a celebrar a partir de esta tarde nos compromete a no huir, sino a “pasar en medio” de la prueba, como Jesús, quien, arrastrado por la gente hasta el borde del precipicio, «pasando en medio de ellos, continuó su camino» (Lc 4,30). La cruz es parte de la misión; el envío se vuelve más amargo y atemorizante, pero también más gratuito y revolucionario. La ocupación imperialista del mundo se ve entonces interrumpida desde dentro, la violencia que hasta hoy se erige en ley queda desenmascarada. El Mesías pobre, prisionero, oprimido, se precipita en la oscuridad de la muerte, pero así saca a la luz una nueva creación.

¡De cuántas resurrecciones somos testigos también nosotros, cuando, liberados de una actitud defensiva, nos entregamos al servicio como una semilla en la tierra! Podemos atravesar en nuestra vida situaciones en las que parece que todo ha terminado. Entonces nos preguntamos si la misión ha sido inútil. Es cierto, a diferencia de Jesús, nosotros también vivimos fracasos que dependen de nuestra insuficiencia o de la de los demás, a menudo de una maraña de responsabilidades, de luces y sombras. Pero podemos hacer nuestra la esperanza de muchos testigos. Recuerdo uno, a quien estimo particularmente. Un mes antes de su muerte, en el cuaderno de los Ejercicios espirituales, el santo obispo Óscar Romero escribía: «El Sr. Nuncio de Costa Rica me avisó de peligros inminentes para esta semana. […] Las circunstancias desconocidas se vivirán con la gracia de Dios. Él asistió a los mártires y si es necesario lo sentiré muy cerca al entregarle mi último suspiro. Pero que más valioso que el momento de morir es entregarle toda la vida y vivir para él. […] Me basta para estar feliz y confiado saber con seguridad que en él está mi vida y mi muerte que, a pesar de mis pecados, en él he puesto mi confianza y no quedaré confundido y otros proseguirán con más sabiduría y santidad los trabajos de la Iglesia y de la Patria».

Queridas hermanas y hermanos, los santos hacen la historia. Este es el mensaje del Apocalipsis. «La gracia y la paz de parte […]de Jesucristo, el Testigo fiel, el Primero que resucitó de entre los muertos, el Rey de los reyes de la tierra» (Ap 1,4-5). Este saludo resume el camino de Jesús en un mundo en conflicto entre potencias que lo devastan. En su interior se gesta un pueblo nuevo, no de víctimas, sino de testigos. En esta hora oscura de la historia, Dios ha querido enviarnos a difundir el perfume de Cristo donde reina el olor de la muerte. Renovemos nuestro “sí” a esta misión que nos pide unidad y que trae la paz. ¡Sí, aquí estamos! ¡Superemos el sentimiento de impotencia y de miedo! Nosotros anunciamos tu muerte, Señor, proclamamos tu resurrección, en la espera de tu venida.

León XIV invita a los fieles a vivir la liturgia no como “espectadores” si no como participantes de la Última Cena -VIDEO

La homilía del Papa León XIV durante la Misa de la Cena del Señor del Jueves Santo puso el acento en el profundo significado del amor de Cristo, que se entrega plenamente en la Eucaristía y en el gesto del lavatorio de los pies. El Pontífice invitó a los fieles a no vivir la liturgia como espectadores, sino como participantes activos en la Última Cena, donde Jesús se hace alimento y revela un amor “hasta el extremo”, incluso en medio del mal y la fragilidad humana.

En su reflexión, destacó que el lavatorio de los pies no es solo un ejemplo moral, sino la manifestación concreta del modo de actuar de Dios: un amor que sirve, se arrodilla y se entrega. Frente a la lógica del poder y del éxito, el Papa subrayó que la verdadera grandeza divina se expresa en la humildad y el servicio, desmontando las falsas imágenes de un Dios distante o utilitario. En este sentido, llamó a los fieles a dejarse transformar por ese gesto y a aprender a amar siguiendo el estilo de Cristo.

Los sacerdotes “apóstoles” en la misa del Jueves Santo fueron ordenados por el propio León XIV -VIDEO

En el marco de la celebración del Jueves Santo, el rito del lavatorio de los pies se desarrolla con especial solemnidad en la Basílica de San Juan de Letrán, catedral del Papa como obispo de Roma. Este gesto, tiene lugar durante la Misa de la Cena del Señor y recuerda el acto de humildad de Jesús con sus discípulos en la Última Cena.

El papa León XIV, una vez finalizada la homilía, siguiendo el ejemplo de Jesús, usó un delantal para proceder al lavaotorio de 12 sacerdotes, curiosamente, los ordenó a once de ellos como tales el pasado mes de mayo, recién elegido pontífice.

El lavatorio de los pies en San Juan de Letrán adquirió así un carácter particularmente significativo, al celebrarse en la sede episcopal de Roma.


León XIV, en su primera celebración de la Eucaristía del Jueves Santo e inicio del Triduo Pascual, recordó cuál es el misterio de la fe que a lo largo de los próximos días experimenta el pueblo cristiano: un amor hacia la humanidad por encima de todas las cosas.

Vuelta a San Juan de Letrán para celebrar la primera misa ' In Coena Domini' de León XIV

Ana Torres Fonseca

Andrea, Gabriele, Francesco, Clody, Federico, Marco, Pietro, Matteo Giuseppe, Simone, Enrico y Renzo no son los 12 apóstoles del Señor pero actuaron como tal en la celebración de los oficios del Jueves Santo, durante el lavatorio de pies que llevó a cabo León XIV.

Y es que, el dato más curioso de todo es que once de estos doce, fueron ordenados por el mismo papa León XIV el pasado mayo, días después de su elección como pontífice.

Todo esto tuvo lugar en la basílica de San Juan de Letrán, en la catedral de Roma, y de ésta forma, el papa León XIV retomó así la tradición de celebrar el inicio del Triduo Pascual en ésta basílica papal a diferencia de lo que realizaba el papa Francisco: llevar a cabo el lavatorio de los pies en las diferentes cárceles de la capital italiana.

PAPA LEÓN XIV

Lo que el Señor nos muestra, tomando el agua, la palangana y el delantal, es mucho mas que un modelo moral. De hecho, nos entrega su propia forma de vida; lavar los pies es un gesto que resume la revelacion de Dios, un signo ejemplar del Verbo hecho carne, su memoria inconfundible.

León XIV, en su primera celebración de la Eucaristía del Jueves Santo, recordó cuál es el misterio de la fe que a lo largo de los próximos días experimenta el pueblo cristiano: un amor hacia la humanidad por encima de todas las cosas.

PAPA LEÓN XIV

No ofrece su ejemplo cuando todos estan felices y lo aprecian, sino en la noche en que fue traicionado, en la oscuridad de la incomprension y la violencia, para que quede bien claro que el Señor no nos ama porque seamos buenos y puros; nos ama, y por eso nos perdona y nos purifica.

Al ser ésta representación de la Última Cena del Señor, se instituye de ésta forma la Eucaristía, con la consagración del pan y el vino y también el sacerdocio.

PAPA LEÓN XIV

En los obispos y en los presbiteros, constituidos ≪sacerdotes del Nuevo Testamento≫ segun el mandato del Senor reside el signo de su caridad hacia todo el Pueblo de Dios, al que estamos llamados a servir, amados hermanos, con todo nuestro ser

Después de la Consagración, el Papa llevó el Santísimo Sacramento al lugar de la reposición, en la capilla de San Francisco y se realizó en motivo del recuerdo de la entrega de Jesús a su Pasión.

Así se bendicen los óleos que se utilizarán en los sacramentos durante todo el año

En el marco del Jueves Santo y cuando está apunto de comenzar el Triduo Pascual, uno de los momentos más solemnes de la Semana Santa es la bendición de los óleos sagrados durante la Misa Crismal. La celebración, presidida por primera vez por el papa León XIV, reunió al clero en una celebración de renovación espiritual. En este rito, los aceites que se utilizarán a lo largo del año en los sacramentos son presentados ante el altar, marcando un instante de profunda carga simbólica.

Durante la ceremonia, se bendijo el óleo de los enfermos y el de los catecúmenos, mientras que el Santo Crisma se consagró de manera especial.

El acto de bendición de los óleos no solo tiene un sentido litúrgico, sino también pastoral, ya que conecta a todas las comunidades de la diócesis con su obispo, en este caso, con el obispo de Roma, León XIV. Estos aceites, distribuidos posteriormente a las parroquias, acompañarán en momentos clave en la vida de los fieles.

AT

Una marea blanca inunda el interior de San Pedro horas antes de comenzar el Triduo Pascual

Es uno de los momentos más importantes de la Semana Santa: cuando se bendicen los óleos sagrados que se usarán durante todo el año en los sacramentos.
En ésta Eucaristía se bendicen tres tipos de aceites: el óleo de los enfermos, usados en la unción de los enfermos; el óleo de los catecúmenos, usados durante el bautismo y el Santo Crisma: una mezcla de aceite y perfume usados en el bautismo, la confirmación y la ordenación sacerdotal.
Se trata de una celebración que muestra el signo de unidad entre todos los sacerdotes y su obispos, en este caso, el de Roma.

PAPA LEÓN XIV
En este primer año en el que presido la Misa Crismal como Obispo de Roma, deseo reflexionar con ustedes sobre la misión a la que Dios nos consagra como su pueblo. Es la misión cristiana, la misma de Jesús, no otra.
León XIV se dirigió a todos los sacerdotes presentes recordándoles cuál es la misión de la vocación por la cuál han sido llamados.

PAPA LEÓN XIV

Sabemos que ser enviados implica, en primer lugar, un desprendimiento, es decir, el riesgo de dejar lo que es familiar y seguro, para adentrarse en lo nuevo.

El pontífice aprovechó la oportunidad en la primera misa crismal que presidió para hacer un repaso de las verdaderas virtudes de todos los sacerdotes, religiosos y religiosas y de los cristianos.
PAPA LEÓN XIV

Por consiguiente, es ahora prioritario recordar que ni en el ámbito pastoral, ni en el ámbito social y político, el bien puede provenir de la prepotencia. Los grandes misioneros son testigos de acercamientos cuidadosos, cuyo método consiste en compartir la vida, el servicio desinteresado, la renuncia a cualquier estrategia calculadora, el dialogo y el respeto.
Una marea blanca inundó el interior de la basílica de San Pedro a pocas horas de dar comienzo el Triduo Pascual: era el color blanco de las albas de cientos de sacerdotes que renovaron sus promesas realizadas el día de su ordenación.
Ana Torres

Vivir en Tierra Santa: un testimonio de primera mano

Beatriz Alonso de Medina Vivar

La vida en Tierra Santa ha cambiado profundamente. La guerra y los ataques con misiles han alterado la rutina diaria de sus habitantes y la forma en que se viven los momentos religiosos en los luga

res sagrados, creando una constante tensión entre la seguridad y la fe.

El Magdala Center, en Galilea, es un centro católico dedicado a la oración y la formación espiritual, que también recibe a peregrinos.

Al frente del centro está el padre Juan María Solana, legionario de Cristo, quien describe de primera mano cómo se vive la situación actual en Tierra Santa.

PADRE JUAN MARÍA SOLANA

Director Magdala Center

Ahora sí nos preocupa y estamos mirando cada vez que hay una alarma, o te metes bajo los refugios, o miras muy bien al cielo antes de salir al abierto porque te puede caer algo en la cabeza. Entonces, digamos, nos sentimos seguros porque por el teléfono llega una alarma en cuanto hay un riesgo de misil, llega una alarma que te dice tienes 10 minutos para buscar un refugio, entonces lo buscas y luego. confirman la alarma o se enciende una sirena que te avisa ya viene un misil a tu ciudad.

Sin embargo, la protección no es igual en todos los lugares. La ciudad antigua de Jerusalén, corazón espiritual de varias religiones, carece de refugios modernos, lo que ha obligado a las autoridades a cerrar negocios y limitar el acceso incluso a los lugares sagrados

PADRE JUAN MARÍA SOLANA

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Si cae un misil en la ciudad antigua de Jerusalén, puede causar unos estragos tremendos y matar a mucha gente. Por eso, ha habido mucha alarma y un poco de confusión en torno a la ciudad antigua y es lo que motivó que el gobierno no autorizara el acceso a los lugares santos. Están cerrados hasta donde yo sé todos los lugares santos: Musulmán, judío y cristiano de la ciudad antigua.

Esta situación afectó directamente a las celebraciones de Semana Santa. El patriarca latino de Jerusalén y el custodio de Tierra Santa no pudieron acceder al Santo Sepulcro. Así explica el padre Juan María lo sucedido:


PADRE JUAN MARÍA SOLANA

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Es un poco inexplicable por tres motivos. El primer motivo es porque los dos viven en la ciudad antigua y, como habitantes de la ciudad antigua, tendrían derecho a ir a la ciudad antigua. Segundo, porque iban solos. No era ninguna manifestación ni nada en la calle, iban al Santo Sepulcro. Y tercero, porque los dos tienen relación directa e inmediata con el Santo Sepulcro, donde se iba a celebrar la misa del Domingo de Ramos de un modo digamos bastante privado.

Entonces, yo creo que fue una interpretación exagerada de la norma

A pesar de ello, la vida religiosa no se detuvo: Los frailes, que viven en el interior del Santo Sepulcro celebraron la misa del Domingo de Ramos, y por otro lado, el Patriarca la celebró también en el Monte de Getsemaní:

A pesar de ello, el padre Solana reconoce que el equilibrio entre seguridad y práctica religiosa es delicado:

PADRE JUAN MARÍA SOLANA

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Celebrando una misa o un rosario de decir 'Volvemos en cinco minutos', nos vamos al refugio. O como estamos celebrando nosotros ahora las misas y transmitiéndolas desde un refugio. La celebramos ahí, tenemos adoración ahí. Precisamente para evitar movimientos y alarmas inconvenientes. Entonces, yo creo que el Estado tiene el derecho y el deber de cuidar la integridad física de todos los habitantes. No importa la religión, la edad, la ocupación, etc

Una situación que, como revela el Padre Juan, hay que ver también desde el sentido de la fe.
Dice que le ayuda a soportar el miedo.

PADRE JUAN MARÍA SOLANA

Director Magdala Center

ORIG ESPAÑOL

(25:23 – 25:43)

Y cuando oyes un bombazo de esos, sí te da miedo porque son unas bombas tremendas. Muy destructivas. Si te caen en la cabeza, no puedes ni pensarlo. Entonces sí, hay que estar con precaución, hay que vivir con precaución. Hay que vivir en gracia de Dios.

Finalmente, la guerra también ha interrumpido por completo las peregrinaciones a Tierra Santa. Desde finales de febrero, el aeropuerto de Tel Aviv permanece casi cerrado, y los pocos viajeros que quieren llegar deben hacerlo por carretera desde Jordania o Egipto, lo que ha hecho que prácticamente no lleguen peregrinos al país. De hecho, en 2017, el centro recibió a 135.000 visitantes a Magdala. Ahora, ninguno

PADRE JUAN MARÍA SOLANA

Director Magdala Center

ORIG ESPAÑOL

(28:04 – 28:37)
Desde el día 28 de febrero hasta el día de hoy no ha venido absolutamente nadie, ni esperamos que venga nadie, hasta que no termine esta guerra y no empecemos a ver un poco claro cuando se podrán retomar las peregrinaciones. No creo que haya hoy por hoy en Israel más de 10 peregrinos dando vueltas. Dudo que haya más de 10. Y esos 10 son muy audaces o muy imprudentes, no lo sé

A pesar de la guerra y de los ataques con misiles, la vida en Tierra Santa continúa. Las misas se celebran, los frailes y sacerdotes siguen atendiendo a los fieles y, aunque las peregrinaciones se han detenido casi por completo, la rutina diaria y la oración mantienen activa la vida religiosa.