Santi Taboada
El 23 de agosto se conmemora el Día Europeo de las Víctimas del estalinismo y del nazismo. Aprovechamos esta fecha para recordar a tres mártires del totalitarismo del siglo XX.
La persecución nazi dejó mártires católicos que han pasado a la Historia como San Maximiliano Kolbe o Santa Edith Stein. Sin embargo quizá puede ser menos célebre la historia de San Tito Brandsma, carmelita neerlandés.
Era profesor en la universidad de Nimega. Viajó por el mundo impartiendo conferencias sobre filosofía y espiritualidad carmelita. Nombrado asistente eclesiástico de la Asociación de Periodistas Católicos, le cayó la responsabilidad de supervisar casi treinta periódicos. Un cargo que le acabaría costando la vida.
Ante la invasión nazi de los Países Bajos, el padre Tito viajó a las redacciones para animarles a no publicar la propaganda nazi. Nada más concluir su viaje fue arrestado.
Tras varios meses de prisión fue llevado al campo de concentración de Dachau. Antes de recibir la inyección letal, el padre Tito le entregó su rosario a la enfermera que le iba a inocular la dosis.
La mujer, de ideología nazi, le dijo que no sabía rezar, y el padre le respondió que solo tenía que decir: «Ruega por nosotros, pecadores». Posteriormente, ella se convirtió y años después, testificó en su proceso de canonización.
Víctima de los nazis fue también el campesino Franz Jägerstätter. Esposo y padre de tres hijas, fue el único de su pueblo en votar en contra de la anexión de Austria por Alemania en 1938.
Tras ser llamado a filas por el ejército alemán, se presentó en el centro de reclutamiento diciendo que no lucharía, ofreciéndose a prestar servicios no violentos. Fue detenido y condenado por sedición. A los cinco meses fue guillotinado.
Un martirio más lento sufrió el beato Teófilo Matulionis, obispo lituano en la Unión Soviética. Consagrado obispo de forma clandestina, acumularía muchos años de cárcel en distintas condenas.
Primero estaría preso dos años en Moscú. En 1929 fue enviado cuatro años al campo de concentración siberiano de las islas Solovki, a orillas del Mar Blanco. Allí estuvo varios meses en el módulo de aislamiento con trabajos forzados.
Tras ser liberado sería condenado por tercera vez tras la conquista de Lituania por la URSS. Esta vez cumplió siete años. Cuando salió se se dedicó a la administración de la Iglesia, bajo vigilancia de la KGB. Teófilo animaba a los sacerdotes a no colaborar con el régimen. Por orden del papa Pío XII, ordenó a un obispo, lo que le llevó al exilio.
Meses después de ser nombrado asistente del trono papal y arzobispo por Juan XXIII, fallecería en extrañas circunstancias tras un control de la KGB en su apartamento, pocos meses después de cumplir 89 años. Unas pruebas sobre sus restos confirmaron que fue envenenado.
Los tres mártires comparten su resistencia a colaborar con regímenes que no respetaban la libertad ni la dignidad humana. La Iglesia conmemora su sacrificio y su coherencia, en un mundo donde todavía hay lugares donde los católicos son perseguidos por su fe.













