Daniel del Castillo González
En el año 2019, la catedral de Notre Dame de París sufrió un terrible incendio y sus arreglos duraron más de cinco años.
Antes de comenzar las vísperas, León XIV se detuvo ante el relicario de la corona de espinas, una reliquia que trajo Luis IX a la ciudad de la bastilla.
NATS BACCIO ALLA CROCE DI SPINE
Con León XIV revestido con la piedad de Notre Dame, comenzó la oración vespertina de las vísperas. La iglesia de Francia compartió su llama ardiente de fe ante su pastor universal.
LEÓN XIV
Aquel dolor no fue solo el de los católicos, ni únicamente el de los creyentes. En aquella hora dramática comprendimos que Notre-Dame es más que un monumento. La participación colectiva en la reconstrucción, y hoy la magnificencia del resultado, revelan que el corazón de un pueblo late en este lugar, que estamos en el centro vital de una civilización, que el pasado y el futuro se abrazan, que el cielo y la tierra se encuentran.
Pero León XIV no se quedó en la imagen de una catedral reconstruida. Recordó que Notre-Dame no existe solo para ser contemplada: su razón de ser es la oración y la alabanza a Dios.
LEÓN XIV
Hoy más que nunca vivimos en una época que parece carecer de plenitud, profundidad y promesas. La noble sencillez del canto, de la palabra, del gesto litúrgico puede representar para muchos una luz de esperanza, un oasis de paz en una sociedad hiperconectada y ruidosa, donde se puede experimentar la presencia del Autor del amor más grande.
Y si París bien vale una misa, junto al papa también vale unas vísperas en las que miles de fieles tuvieron que seguirlas a orillas del Sena, cumpliendo las palabras del papa en Notre Dame: una Iglesia cercana, tanto en la capital como en las regiones más alejadas.




















