Fue la primera vez que el papa León XIV presidió la Misa Crismal en la que se bendicen los óleos sagrados que se utilizarán en la administración de los diferentes sacramentos a lo largo del año.
Además, en esta Eucaristía también se renuevan las promesas que los sacerdotes realizaron en su ordenación y que participan en ésta Eucaristía previa al comienzo del Triduo Pascual.
Éstas fueron las palabras que el papa León XIV les dedicó durante la homilía:
Queridos hermanos y hermanas:
Nos encontramos ya en el umbral del Triduo Pascual. Una vez mas, el Senor nos llevara a la cumbre de su mision, para que su pasion, muerte y resurreccion se conviertan en el corazon denuestra mision. Lo que estamos a punto de revivir, de hecho, tiene en si la fuerza de transformar aquello que el orgullo humano tiende generalmente a endurecer: nuestra identidad, nuestro lugar en el mundo. La libertad de Jesus cambia el corazon, sana las heridas, perfuma y hace brillar nuestros rostros, reconcilia y reune, perdona y resucita. En este primer ano en el que presido la Misa Crismal como Obispo de Roma, deseo reflexionar con ustedes sobre la mision a la que Dios nos consagra como su pueblo. Es la mision
cristiana, la misma de Jesus, no otra. En ella participa cada uno segun su propia vocacion y en una obediencia muy personal a la voz del Espiritu, !pero nunca sin los demas, nunca descuidando o rompiendo la comunion! Obispos y presbiteros, al renovar nuestras promesas, estamos al servicio de un pueblo misionero. Somos, junto con todos los bautizados, el Cuerpo de Cristo, ungidos por su Espiritu de libertad y de consuelo, Espiritu de profecia y de unidad.
Lo que Jesus vive en los momentos culminantes de su mision ya se anticipa en el pasaje deIsaias, que El mismo senalo en la sinagoga de Nazaret como la Palabra que ≪hoy≫ se cumpl(cf. Lc 4,21). En la hora de la Pascua, de hecho, queda definitivamente claro que Dios consagra para enviar. El ≪me envio≫ (Lc 4,18), dice Jesus, describiendo ese movimiento que une su Cuerpo a los pobres, a los prisioneros, a quienes caminan a tientas en la oscuridad y a quienes se encuentran oprimidos. Y nosotros, miembros de su Cuerpo, llamamos “apostolica” a una Iglesia enviada, no estatica, impulsada mas alla de si misma, consagrada a Dios en el servicio a sus criaturas: ≪Como el Padre me envio a mi, yo tambien los envio a ustedes≫ (Jn 20,21).
Sabemos que ser enviados implica, en primer lugar, un desprendimiento, es decir, el riesgo de dejar lo que es familiar y seguro, para adentrarse en lo nuevo. Es interesante que ≪con el poder del Espiritu≫ (Lc 4,14), descendido sobre El despues del Bautismo en el Jordan, Jesus regrese a Galilea y vaya ≪a Nazaret, donde se habia criado≫ (v. 16). Es el lugar que ahora debe abandonar. Se mueve ≪como de costumbre≫ (ibid.), pero para inaugurar un tiempo nuevo. Ahora debera partir definitivamente de aquel pueblo, para que madure lo que alli ha germinado, sabado tras sabado, en la escucha fiel de la Palabra de Dios. Del mismo modo, llamara a otros a partir, a arriesgarse, para que ningun lugar se convierta en una celda, ninguna identidad en una guarida.
Queridos hermanos, nosotros seguimos a Jesus, quien ≪no considero la igualdad con Dios como algo que debia guardar celosamente: al contrario, se anonado a si mismo≫ (Flp 2,6-7). Toda mision comienza con ese tipo de vaciamiento en el que todo renace. Nuestra dignidad de hijos e hijas de Dios no nos puede ser quitada, ni se puede perder, pero tampoco pueden borrarse los afectos, los lugares y las experiencias que estan en el origen de nuestra vida. Somos herederos de tanto bien y, al mismo tiempo, de los limites de una historia en la que el Evangelio debe llevar luz y salvacion, perdon y sanacion. Asi, la mision comienza por la reconciliacion con nuestros origenes, con los dones y los limites de la formacion recibida; al mismo tiempo, no hay paz sin el valor de partir, no hay conciencia sin la audacia del desprendimiento, no hay alegria sin arriesgar. Somos el Cuerpo de Cristo si nos ponemos en movimiento, saliendo de nosotros mismos, haciendo las paces con el pasado sin quedarnos prisioneros de el: todo se recupera y se multiplica si primero se deja ir, sin miedo. Es un primer secreto de la mision. Y no se experimenta una sola vez, sino en cada nuevo comienzo, en cada ulterior envio. El camino de Jesus nos revela que la disponibilidad para perder, para vaciarse, no es un fin en si misma, sino una condicion para el encuentro y la intimidad. El amor solo es verdadero si esta desarmado, necesita pocas cosas, ninguna ostentacion, y custodia con delicadeza la debilidad y la desnudez. Nos cuesta lanzarnos a una mision tan expuesta, y sin embargo no hay ≪buena nueva para los pobres≫ (cf. Lc 4,18) si acudimos a ellos con signos de poder, ni hay autentica liberacion si no nos liberamos de la posesion. Aqui tocamos un segundo secreto de la mision cristiana. Tras el desprendimiento esta la ley del encuentro. Sabemos que, a lo largo de la historia, la mision ha sido no pocas veces trastocada por logicas de dominio, totalmente ajenas al camino de Jesucristo. San
Juan Pablo II tuvo la lucidez y el valor de reconocer que ≪por el vinculo que une a unos y otros en el Cuerpo mistico, y aun sin tener responsabilidad personal ni eludir el juicio de Dios, el unico que conoce los corazones, somos portadores del peso de los errores y de las culpas de quienes nos han precedido≫. [1]
Por consiguiente, es ahora prioritario recordar que ni en el ambito pastoral, ni en el ambito social y politico, el bien puede provenir de la prepotencia. Los grandes misioneros son testigos deacercamientos cuidadosos, cuyo metodo consiste en compartir la vida, el servicio desinteresado, la renuncia a cualquier estrategia calculadora, el dialogo y el respeto. Es el camino de la encarnacion, que siempre y de nuevo toma la forma de la inculturacion. La salvacion, de hecho, solo puede ser acogida por cada uno en su lengua materna. ≪.Como es que cada uno de nosotros los oye en su propia lengua?≫ (Hch 2,8). La sorpresa de Pentecostes se repite cuando no pretendemos dominar los tiempos de Dios, sino que confiamos en el Espiritu Santo, que “esta presente tambien hoy, como en tiempos de Jesus y de los apostoles, esta presente y actuante, llega antes que nosotros, trabaja mas y mejor que nosotros; a nosotros no nos corresponde ni sembrarlo ni despertarlo, sino ante todo reconocerlo, acogerlo, seguirlo, abrirle camino e ir tras el. Esta ahi y nunca ha perdido la esperanza respecto a nuestro tiempo; por el contrario, sonrie, baila, penetra, envuelve, llega incluso alli donde nunca hubieramos imaginado”.[2]
Para establecer esta sintonia con lo invisible, es necesario llegar con sencillez al lugar al que se nos envia, honrando el misterio que cada persona y cada comunidad lleva consigo: una sacralidad que nos trasciende por todas partes y que se vulnera cuando nos comportamos como duenos de los lugares y de la vida ajena. Somos huespedes: lo somos como obispos, como sacerdotes, como religiosas y religiosos, como cristianos. De hecho, para acoger debemos aprender a dejarnos acoger. Incluso los lugares donde la secularizacion parece mas avanzada no son tierra de conquista, ni de reconquista: ≪Nuevas culturas continuan gestandose en estas enormes geografias humanas en las que el cristiano ya no suele ser promotor o generador de sentido, sino que recibe de ellas otros lenguajes, simbolos, mensajes y paradigmas que ofrecen nuevas orientaciones de vida, frecuentemente en contraste con el Evangelio de Jesus […]. Es necesario llegar alli donde se gestan los nuevos relatos y paradigmas, alcanzar con la Palabra de Jesus los nucleos mas profundos del alma de las ciudades≫.[3] Esto solo ocurre si en la Iglesia caminamos juntos, si la mision no es una aventura heroica de alguien, sino el testimonio vivo de un Cuerpo con muchos miembros. Existe ademas una tercera dimension, quiza la mas radical, de la mision cristiana. Ya en la violenta reaccion de los habitantes de Nazaret ante las palabras de Jesus se manifiesta la dramatica posibilidad de la incomprension y del rechazo: ≪Al oir estas palabras, todos los que estaban en la sinagoga se enfurecieron y, levantandose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intencion de despenarlo≫
(Lc 4,28-29). Aunque la lectura liturgica haya omitido esta parte, lo que nos disponemos a celebrar a partir de esta tarde nos compromete a no huir, sino a “pasar en medio” de la prueba, como Jesus, quien, arrastrado por la gente hasta el borde del precipicio, ≪pasando en medio de ellos, continuo su camino≫ (Lc 4,30). La cruz es parte de la mision; el envio se vuelve mas amargo y atemorizante, pero tambien mas gratuito y revolucionario. La ocupacion imperialista del mundo se ve entonces interrumpida desde dentro, la violencia que hasta hoy se erige en ley queda desenmascarada. El Mesias pobre, prisionero, oprimido, se precipita en la oscuridad de la muerte, pero asi saca a la luz una nueva creacion.
¡De cuantas resurrecciones somos testigos tambien nosotros, cuando, liberados de una actitud defensiva, nos entregamos al servicio como una semilla en la tierra! Podemos atravesar en nuestra vida situaciones en las que parece que todo ha terminado. Entonces nos preguntamos si la mision ha sido inutil. Es cierto, a diferencia de Jesus, nosotros tambien vivimos fracasos que dependen de nuestra insuficiencia o de la de los demas, a menudo de una marana de responsabilidades, de luces y sombras. Pero podemos hacer nuestra la esperanza de muchos testigos. Recuerdo dos de ellos, a quienes estimo particularmente. Un mes antes de su muerte, en el cuaderno de los Ejercicios espirituales, el santo obispo Oscar Arnulfo Romero escribia: ≪El Sr. Nuncio de Costa Rica me aviso de peligros inminentes para esta semana. […] Las circunstancias desconocidas se viviran con la gracia de Dios. El asistio a los martires y si es necesario lo sentire muy cerca al entregarle mi ultimo suspiro. Pero que mas valioso que el momento de morir es entregarle toda la vida y vivir para el. […] Me basta para estar feliz y confiado saber con seguridad que en el esta mi vida y mi muerte que, a pesar de mis pecados, en el he puesto mi confianza y no quedare confundido y otros proseguiran con mas sabiduria y santidad los trabajos de la Iglesia y de la Patria≫. El cardenal Joseph Bernardin, arzobispo de Chicago, dos meses antes de morir decia sonriendo a los periodistas: “Creci con tres grandes miedos: el del cancer, el de la muerte y el de poder ser un dia acusado falsamente. La suerte quiso que tuviera que afrontarlos todos y que, de repente, descubriera que no tenia miedo. Creo que todo esto se debe a la fe… La oracion me ha hecho mas fuerte de lo que yo pensaba”.
Queridas hermanas y hermanos, los santos hacen la historia. Este es el mensaje del Apocalipsis. ≪La gracia y la paz de parte […] de Jesucristo, el Testigo fiel, el Primero que resucito de entre los muertos, el Rey de los reyes de la tierra≫ (Ap 1,4-5). Este saludo resume el camino de Jesus en un mundo en conflicto entre potencias que lo devastan. En su interior se gesta un pueblo nuevo, no de victimas, sino de testigos. En esta hora oscura de la historia, Dios ha querido enviarnos a difundir el perfume de Cristo donde reina el olor de la muerte. Renovemos nuestro “si” a esta mision que nos pide unidad y que trae la paz. !Si, aqui estamos! !Superemos el sentimiento de impotencia y de miedo! Nosotros anunciamos tu muerte, Senor, proclamamos tu resurreccion, en la espera de tu venida.




