Daniel del Castillo González
París, Plaza de la Concordia, uno de los escenarios más despiadados de la historia del país galo.
Durante la Revolución Francesa, aquí estaba la guillotina en la que más de mil personas fueron ejecutadas. Luis XVI, María Antonieta y Robespierre, entre otros.
Dos siglos después, León XIV celebra aquí la Eucaristía ante casi 600.000 personas. Una cifra que le da vida a la iglesia de Francia.
Una celebración que el Papa ha querido convertir en un envío para un sistema laico que necesita reconstruirse.
LEÓN XIV
El verlos aquí reunidos, hermanos míos, herederos de una larga y hermosa historia de santidad en Francia, les digo: sacien también ustedes su sed en esta fuente, que es el Corazón de Jesús traspasado. Sí, tienen sed de Dios, de vida, de verdad, de unidad, de paz, de comunión, de felicidad. Aspiren a redescubrir un horizonte luminoso, a construir una nación renovada a partir de sus raíces, regadas por la fe.
Pero el Papa no se queda en la identidad religiosa de Francia. Va directamente al individuo y a una pregunta mucho más universal: De que fuente bebe un católico, cuando tiene sed de vida.
LEÓN XIV
Hemos de reconocer que aquí en la tierra nada logra satisfacernos plenamente. Cuando creemos que por fin hemos terminado nuestro trabajo y que nuestros esfuerzos han sido recompensados, muy a menudo resurge el vacío interior.
¿Nos conformamos con los bienes materiales, con las satisfacciones inmediatas, con esos pequeños ídolos tan numerosos que prometen la luna y las estrellas, pero dejan vacío nuestro corazón?
Y si en 2008, Benedicto XVI llegó a Francia preguntándose cómo podía sobrevivir la fe en una sociedad secularizada, Hoy, León XIV no habla de sobrevivir.
Habla de renovar el país desde sus raíces: construir una nación renovada a partir de una fe que vuelva a regar su sociedad.
No se trata de reconstruir una plaza sanguinaria sino de renovar una sociedad que, según el papa tiene sed de verdad, de paz y de felicidad.


















