El papa evoca a León XIII y reitera el por qué de su nombre en su homilía en Pompeya - VÍDEO

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08/05/2026
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Daniel del Castillo González

Después de visitar y orar en la capilla donde reposan los restos de Santo Bartolo Longo, el Papa celebró la Eucaristía en una plaza repleta, con alrededor de 20.000 fieles que lo recibieron con gran expectación en su primera llegada a la ciudad de Pompeya.

Durante la homilía, el Pontífice subrayó los frutos espirituales que, para los cristianos, aporta la oración diaria del Rosario. También evocó a León XIII hablando, cómo no en este día, sobre su devoción por el rosario.

HOMILÍA COMPLETA DE LEÓN XIV:


Queridos hermanos y hermanas:

«Mi alma engrandece al Señor». Estas palabras, con las que hemos respondido a la primera Lectura, brotan del corazón de la Virgen María cuando presenta a Isabel el fruto de su seno, Jesús, el Salvador. Después de ella cantarán por Cristo Zacarías, el padre de Juan el Bautista, y el anciano Simeón. Estos tres cánticos marcan cada día la alabanza de la Iglesia en la Liturgia de las Horas. Son la mirada del antiguo Israel, que ve cumplidas sus promesas; son la mirada de la Iglesia Esposa, orientada hacia su Esposo divino; son implícitamente la mirada de toda la humanidad, que encuentra respuesta a su anhelo de salvación.

Hace ciento cincuenta años, al colocar la primera piedra de este Santuario, en el lugar donde la erupción del Vesubio del año 79 después de Cristo había sepultado bajo la ceniza los signos de una gran civilización, protegiéndolos durante siglos, San Bartolo Longo, junto con su esposa, la condesa Marianna Farnararo De Fusco, sentaba las bases no solo de un templo, sino de toda una ciudad mariana. Así expresaba la conciencia de un designio de Dios que San Juan Pablo II, hablando en este lugar de gracia el 7 de octubre de 2003, al concluir el Año del Rosario, relanzaba para el Tercer Milenio en la perspectiva de la nueva evangelización: «Hoy —decía—, como en los tiempos de la antigua Pompeya, es necesario anunciar a Cristo a una sociedad que se está alejando de los valores cristianos y pierde incluso su memoria».

Hace exactamente un año, cuando se me confió el ministerio de Sucesor de Pedro, era precisamente el día de la Súplica a la Virgen, esta hermosa jornada de la Súplica a la Virgen del Santo Rosario de Pompeya. Por eso debía venir aquí, para poner mi servicio bajo la protección de la Virgen Santa. El haber elegido luego el nombre de León me sitúa en la estela de León XIII, quien tuvo, entre otros méritos, el de desarrollar un amplio Magisterio sobre el Santo Rosario. A todo esto se añade la reciente canonización de San Bartolo Longo, apóstol del Rosario. Este contexto nos ofrece una clave para reflexionar sobre la Palabra de Dios que acabamos de escuchar.

El Evangelio de la Anunciación nos introduce en el momento en que el Verbo de Dios se hace carne en el seno de María. Desde ese seno se irradia la Luz que da pleno sentido a la historia y al mundo. El saludo que el ángel Gabriel dirige a la Virgen es una invitación a la alegría: «Alégrate, llena de gracia» (Lc 1,28; cf. Sof 3,14). Sí, el Ave María es una invitación a la alegría: dice a María, y en ella a todos nosotros, que sobre las ruinas de nuestra humanidad herida por el pecado —y por ello inclinada a la violencia, la opresión y la guerra— ha llegado la caricia de Dios, la caricia de la misericordia, que en Jesús toma un rostro humano. María se convierte así en Madre de la misericordia.

Discípula de la Palabra e instrumento de su encarnación, se revela verdaderamente como «llena de gracia». ¡Todo en ella es gracia! Al ofrecer su carne al Verbo, se convierte también, como enseña el Concilio Vaticano II siguiendo a San Agustín, en «madre de los miembros (de Cristo)… porque cooperó con su amor al nacimiento de los fieles en la Iglesia» (Lumen gentium, 53). En el «hágase» de María nace no solo Jesús, sino también la Iglesia, y María se convierte al mismo tiempo en Madre de Dios —Theotókos— y Madre de la Iglesia.

¡Gran misterio! Todo sucede por la fuerza del Espíritu Santo, que cubre a María con su sombra y hace fecundo su seno virginal. Este momento de la historia tiene una dulzura y una fuerza que atraen el corazón y lo elevan a esa altura contemplativa donde brota la oración del Santo Rosario. Una oración que, nacida y desarrollada en el segundo milenio, hunde sus raíces en la historia de la salvación, y que tiene su preludio en el saludo del ángel: «Ave María».

La repetición de esta oración en el Rosario es como el eco del saludo de Gabriel, un eco que atraviesa los siglos y guía la mirada del creyente hacia Jesús, visto con los ojos y el corazón de su Madre. Jesús adorado, contemplado, asimilado en cada uno de sus misterios, para que podamos decir con san Pablo: «Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,19).

Precedida por la Palabra de Dios, enmarcada entre el Padre nuestro y el Gloria, el Ave María repetida en el Rosario es un acto de amor. Porque el amor repite sin cansarse: «te quiero». Este acto de amor, desgranado en las cuentas del rosario, nos lleva a Jesús y nos conduce a la Eucaristía, «fuente y culmen de toda la vida cristiana» (Lumen gentium, 11).

De ello estaba convencido San Bartolo Longo cuando escribía: «La Eucaristía es el Rosario viviente». En ella se concentran todos los misterios de la vida de Cristo. El Rosario tiene una forma mariana, pero un corazón cristológico y eucarístico. Si la Liturgia de las Horas marca el ritmo de la alabanza de la Iglesia, el Rosario marca el ritmo de nuestra vida, llevándonos continuamente a Jesús.

Generaciones de creyentes han sido formadas y sostenidas por esta oración sencilla y popular, pero capaz de alcanzar grandes alturas místicas. ¿Qué hay más esencial que los misterios de Cristo, su santo Nombre pronunciado con la ternura de María? En ese Nombre, y en ningún otro, encontramos la salvación (cf. Hch 4,12).

El Rosario también nos introduce en la experiencia del Cenáculo, donde los Apóstoles, junto a María, esperaban al Espíritu Santo. Es el camino contemplativo de la Iglesia, del cual el Rosario ofrece una síntesis en la meditación de los misterios.

Hermanos y hermanas, si el Rosario se reza así, se convierte también en fuente de caridad: amor a Dios y amor al prójimo. Como dice la Escritura: «No amemos de palabra, sino con obras y de verdad» (1 Jn 3,18). Por eso San Bartolo Longo fue apóstol del Rosario y también de la caridad.

En esta ciudad mariana acogió a huérfanos y a hijos de encarcelados, mostrando la fuerza regeneradora del amor. Hoy también aquí los más pequeños y débiles son acogidos y cuidados. El Rosario abre nuestra mirada a las necesidades del mundo, especialmente a la familia y a la paz, hoy tan amenazadas.

Los tiempos no han mejorado. Las guerras siguen marcando el mundo. La paz nace en el corazón. No podemos resignarnos a las imágenes de muerte. Desde este Santuario elevamos nuestra súplica con fe. Jesús nos ha dicho que la oración hecha con fe todo lo puede (cf. Mt 21,22).

Por intercesión de María, venga de Dios una abundante efusión de misericordia que toque los corazones, calme los odios y guíe a quienes tienen responsabilidades de gobierno.

Hermanos y hermanas, ninguna potencia terrena salvará el mundo, sino solo la potencia divina del amor que Cristo nos ha revelado.

Creámosle, esperemos en Él, sigámosle.

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