Carmen Álvarez Cuadrado
En su audiencia general del miércoles, León XIV dedicó su última catequesis a la Sacrosanctum Concilium, la Constitución del Concilio Vaticano II dedicada a la liturgia.
La liturgia ha sido uno de los puntos más sensibles para la Iglesia en los últimos años, que ha llegado a crear divisiones internas o generado diversas corrientes.
Por un lado, por la misa tridentina, la tradicional en latín, pero también por el rechazo a los abusos modernos, es decir, el malestar que provocan la creatividad desmedida o la pérdida de lo sagrado en las celebraciones.
Al hablar de cómo se llegó a reformar la liturgia en el Concilio Vaticano II, León XIV señaló que esta se inscribe en la tradición viva de la Iglesia y que, por eso, es necesario entenderla.
LEÓN XIV
Su correcta comprensión permite también rechazar los abusos que se han producido en algunos sectores de la Iglesia en la época posconciliar y que, lamentablemente, a veces todavía se producen hoy en día, al absolutizar o malinterpretar algunos de los principios en los que se basaba la propia reforma.
El papa ha recordado que es responsabilidad de los obispos, pero también de cada sacerdote, custodiar y promover una liturgia que respete las normal y resplandezca por su sencillez.
LEÓN XIV
Dicha liturgia será también un vehículo fundamental de evangelización, el instrumento de gracia a través del cual, como enseña el Concilio, podremos aprender a ofrecernos a nosotros mismos y, por la mediación de Cristo, seremos perfeccionados en la unidad con Dios y entre nosotros.
Y, por eso, el papa recuerda lo que dijo la Sacrosanctum Concilium: que las acciones litúrgicas no son actos privados, sino celebraciones de la Iglesia, que es sacramento de la unidad, es decir, que pertenecen a todo el cuerpo eclesial.














