Santi Taboada
El presidente de Francia, Emmanuel Macron, ofreció al papa León XIV un recibimiento solemne, que incluía una bienvenida militar, ceremonias, un banquete y la Gran Cruz de la Legión de Honor, la condecoración más importante que puede conceder el Estado francés.
Sin embargo, la Santa Sede lo rechazó, y el contacto del presidente con el papa se limitará a una reunión en el Elíseo.
El presidente quería mostrar al papa de forma privada la reconstrucción de Notre Dame, pero el pontífice prefirió rezar allí las vísperas con la Iglesia francesa. Toda una declaración de intenciones.
¿Por qué ha sucedido esto? Quizá por la variedad de visiones que existen respecto a la figura del papa.
Macron ve a León XIV como un homólogo, el soberano de la Santa Sede y un valioso agente diplomático, con voz en Oriente Medio y
Ucrania. Una figura clave para la identidad europea.
Pero la llegada de León a Francia no deja de ser un viaje apostólico. Es decir, una visita con fines pastorales y ecuménicos. No solo Macron ha invitado a León, también los obispos.
Y es que la situación católica de Francia es compleja. Se registran aumentos tanto en las conversiones y bautismos de adultos como en los actos vandálicos y profanaciones contra lugares de culto cristiano.
La Iglesia francesa busca reforzar este rebrote católico con la visita de León, quien va a Francia a “escuchar y tender puentes”. Escuchar a los que han vuelto a la fe, a los que tienen heridas con la Iglesia por haber sufrido abusos y a los migrantes y refugiados.
Así chocan Macron y el papa. El presidente francés quiere dialogar con León como diplomático mientras que la Iglesia francesa mantiene la esperanza de que su visita relance las conversiones.














