Discurso del Papa para abrir deliberaciones del Sínodo de la Familia

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05/10/2015
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Queridas Beatitudes, Eminencias, Excelencias, hermanos y hermanas,

La Iglesia retoma hoy el diálogo iniciado con la convocatoria del Sí­nodo extraordinario sobre la familia, y ciertamente mucho antes, para evaluar y reflexionar juntos el texto del Documento de Trabajo, elaborado a partir del Informe del Sí­nodo y las respuestas de las Conferencias episcopales y los organismos que tení­an derecho a participar.

El Sí­nodo, como sabemos, significa 'caminar juntosâ? con espí­ritu de colegialidad y de sinodalidad, adoptando valientemente la valentí­a, el celo pastoral y doctrinal, la sabidurí­a, la franqueza y poniendo siempre delante de nuestros ojos el bien de la Iglesia, de las familias y la suprema lex: la Salus animarum (la salvación de las almas).

Quisiera recordar que el Sí­nodo no es un congreso ni un locutorio de convento; no es un parlamento ni un senado, donde nos ponemos de acuerdo. El Sí­nodo, en cambio, es una expresión eclesial, es decir la Iglesia que 'camina unidaâ? para leer la realidad con los ojos de la fe y con el corazón de Dios; es la Iglesia que se interroga sobre la fidelidad al depósito de la fe, que no es un museo al que mirar, y tampoco al que proteger, sino que es una fuente viva de la que la Iglesia bebe, para irrigar y llenar el depósito de la vida.

El Sí­nodo se mueve necesariamente en el seno de la Iglesia y dentro del santo pueblo de Dios, del cual formamos parte en calidad de pastores, es decir, siervos. El Sí­nodo, además, es un espacio protegido donde la Iglesia experimenta la acción del Espí­ritu Santo. En el Sí­nodo el Espí­ritu habla a través de la lengua de todas las personas que se dejan conducir por Dios que sorprende siempre, por el Dios que se revela a los pequeños, y se esconde a los sabios y los inteligentes; por el Dios que ha creado la ley y el sábado para el hombre y no viceversa; por el Dios que deja las 99 ovejas para buscar la única oveja perdida; por el Dios que es siempre más grande de nuestras lógicas y nuestros cálculos.

Recordamos que el Sí­nodo podrá ser un espacio de la acción del Espí­ritu Santo solo si quienes participamos nos revestimos de coraje apostólico, de humildad evangélica y de oración confiada: el coraje apostólico que no se deja asustar de frente a las seducciones del mundo, que tienden a apagar en el corazón de los hombres la luz de la verdad, sustituyéndola con pequeñas y pasajeras luces, y ni siquiera de frente al endurecimiento de algunos corazones, que a pesar de las buenas intenciones alejan a las personas de Dios; el coraje apostólico de llevar vida y no hacer de nuestra vida cristiana un museo de recuerdos; la humildad evangélica que sabe vaciarse de las propias convenciones y prejuicios para escuchar a los hermanos obispos y llenarse de Dios, humildad que lleva a apuntar el dedo no en contra de los otros, para juzgarlos, sino para tenderles la mano, para levantarlos sin sentirse nunca superiores a ellos.

La oración confiada es la acción del corazón cuando se abre a Dios, cuando se silencian nuestros ruidos para escuchar la suave voz de Dios que habla en el silencio. Sin escuchar a Dios, todas nuestras palabras serán solamente palabras que no sacian y no sirven. Sin dejarse guiar por el Espí­ritu, todas nuestras decisiones serán solamente decoraciones que en lugar de exaltar el Evangelio lo adornan y lo esconden.

Queridos hermanos, como he dicho, el Sí­nodo no es un parlamento donde para alcanzar un consenso o un acuerdo común se recurre al negociado, al acuerdo o a las componendas, sino que el único método del Sí­nodo es aquel en el que se abre al Espí­ritu Santo con coraje apostólico, con humildad evangélica y con oración confiada, de modo que sea él quien nos guí­a, nos ilumina y nos hace poner delante de los ojos, con nuestras opiniones personales, pero con la fe en Dios, la fidelidad al magisterio, el bien de la Iglesia y la Salus animarum (salvación de las almas).

Finalmente, quisiera agradecer de corazón a su Eminencia el cardenal Lorenzo Baldisseri, secretario general del Sí­nodo; su Excelencia monseñor Fabio Fabene, subsecretario; y con ellos agradezco el relator, su Eminencia el cardenal Péter Erdí¶ y el secretario especial, su Excelencia monseñor Bruno Forte, los presidentes delegados, los escritores, los consultores, los traductores y todos aquellos que han trabajado con verdadera fidelidad y total dedicación a la Iglesia. ¡Gracias de corazón!

Les doy las gracias igualmente a todos ustedes, queridos padres sinodales, delegados fraternos, auditores, auditoras y asesores, por su participación activa y fructuosa.

Enví­o un especial agradecimiento a los periodistas presentes en este momento y aquellos que lo siguen a distancia. Gracias por su apasionada participación y por su atención admirable.

Iniciamos nuestro camino invocando la ayuda del Espí­ritu Santo y la intercesión de la Sagrada Familia, Jesús, Marí­a y San José. Gracias.

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