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Rome Reports

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Cardenal Comastri: La Iglesia, al igual que la basílica, debe rejuvenecer constantemente

La basílica de San Pedro se ha convertido en uno de los mayores símbolos de la Iglesia católica.

Lo que pocos saben es que este símbolo debe ser conservado y que hay un departamento encargado de hacerlo: La “Fábrica de San Pedro”. Su presidente es el arcipreste de la basílica; el cardenal Angelo Comastri.

CARD. ANGELO COMASTRI
Arcipreste, basílica de San Pedro

“Tres meses antes de fallecer, Juan Pablo II me llamó para dirigir en la basílica. Me dijo: Este será su trabajo. Usted debe hacer que las piedras hablen, que las piedras que componen la basílica cuenten a todos la historia de este lugar. Que, sobre todo, recuerden que aquí solo hay una piedra, Simón, al que Jesús dio el nombre de Pedro y a quien dijo: sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”.

La historia de esta institución, la Fábrica de San Pedro está muy ligada a la basílica actual. Nacieron prácticamente en el mismo momento.

CARD. ANGELO COMASTRI
Arcipreste, basílica de San Pedro

“La Fábrica de San Pedro nació sobre el año 1506, prácticamente al mismo tiempo que la construcción de la basílica. La Fábrica siempre estará pendiente de las necesidades de la basílica. Por ejemplo, en los últimos 10 años comenzamos a restaurar el exterior de la basílica; 30.000 metros de edificio y 500 años de vida”.

El cardenal señala que lo que la Fábrica de San Pedro está haciendo es toda una metáfora de lo que la Iglesia y cada cristiano deben hacer.

CARD. ANGELO COMASTRI
Arcipreste, basílica de San Pedro
“Me resulta hermoso pensar que esta operación de limpieza de la basílica se parece a la misión de la Iglesia, que también ella debe rejuvenecer continuamente, debe siempre hacer una especie de “terapia de la belleza” para volver a encontrar el rostro que Jesús quiere que la Iglesia tenga. Por tanto, mientras limpiábamos la basílica pensábamos que también la Iglesia debe cada día limpiarse para responder a la misión que Jesús le ha confiado”.

La basílica de San Pedro de Roma, el símbolo de la fe católica, rejuvenece por fuera a la espera de que la Iglesia haga lo mismo por dentro.