Las duras desigualdades que ve el papa León XIV en Nápoles -VÍDEO

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08/05/2026
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Daniel del Castillo González

Al término del encuentro con el clero y los consagrados en el Duomo de Nápoles, el Papa León XIV se ha dirigido en automóvil a la Plaza del Plebiscito para el encuentro con los ciudadanos.

A su llegada, el papa saludó a la comunidad de los Padres Mínimos y a algunas autoridades presentes en la Basílica de San Francisco de Paula. Ante más de 20.000 fieles, el papa remarcó las dificultades y desigualdades que tiene la ciudad de Nápoles.

DISCURSO COMPLETO DE LEÓN XIV

Hermanos y hermanas, ¡gracias por vuestra hermosa acogida!

Agradezco al señor alcalde las palabras que me ha dirigido y saludo a todas las autoridades civiles y militares presentes, renovando mi gratitud al arzobispo y a todos vosotros que habéis acudido aquí.

Sobre el trasfondo de la escena evangélica de los discípulos de Emaús, se han alternado algunas voces que nos han introducido en este encuentro. Son las voces de Nápoles, perla del Mediterráneo que el Vesubio contempla desde lo alto, voces en las que resuena la antigua belleza de esta ciudad bañada por el mar y acariciada por el sol, pero en las que también encuentran espacio heridas, pobreza y miedos. Estas voces hablan de una Nápoles que a menudo camina cansada, desorientada y decepcionada como los dos discípulos del Evangelio, que necesita esa cercanía que Jesús les ofreció; voces de un pueblo que, aún hoy, siente la necesidad de detenerse para preguntarse: ¿qué es lo que realmente cuenta?

Hermanos, hermanas, en esta ciudad fluye un anhelo de vida, de justicia y de bien que no puede ser vencido por el mal, el desaliento o la resignación. Por eso es necesario que —no solos, sino juntos— nos preguntemos: ¿qué es lo que realmente cuenta? ¿Qué es necesario e importante para retomar el camino con el impulso del compromiso en lugar del cansancio de la indiferencia, con el valor del bien en lugar del miedo al mal, con el cuidado de las heridas en lugar de la indiferencia?

Nápoles vive hoy una paradoja dramática: a un notable crecimiento del turismo le cuesta corresponder un dinamismo económico capaz de involucrar verdaderamente a toda la comunidad social. La ciudad sigue marcada por una brecha social que ya no separa solo el centro de la periferia, sino que se manifiesta incluso dentro de cada zona, con periferias existenciales presentes también en el corazón del centro histórico.

En muchas áreas se percibe una verdadera geografía de la desigualdad y la pobreza, alimentada por problemas no resueltos desde hace tiempo: desigualdad de ingresos, escasas perspectivas laborales, falta de estructuras y servicios adecuados, la acción de la criminalidad, el drama del desempleo, el abandono escolar y otras situaciones que pesan sobre la vida de muchas personas. Ante estas realidades, a veces preocupantes, la presencia y la acción del Estado son más necesarias que nunca, para dar seguridad y confianza a los ciudadanos y restar espacio a la delincuencia organizada.

En este contexto, son muchos los napolitanos que desean una ciudad liberada del mal y sanada de sus heridas. A menudo se trata de verdaderos héroes sociales, mujeres y hombres que trabajan cada día con dedicación, a veces simplemente cumpliendo fielmente su deber sin hacerse visibles, para que la justicia, la verdad y la belleza se abran camino en las calles, en las instituciones y en las relaciones. Estas personas no deben permanecer aisladas, y para que su compromiso transforme la ciudad, es necesario crear conexiones, trabajar en red, construir comunidad.

Me alegra poder decir que la Iglesia en Nápoles actúa como un “elemento de unión” que contribuye significativamente a este trabajo en red, uniendo esfuerzos y conectando energías, talentos y aspiraciones. Lo ha hecho promoviendo un Pacto Educativo, que ha recibido una respuesta generosa de las instituciones —el Ayuntamiento, la Región, el Gobierno— y también de muchas realidades eclesiales y sociales.

Por ello, quiero lanzar un llamamiento a todos vosotros: no se rompa esta red que os une, no se apague esta luz que habéis comenzado a encender en la oscuridad, no pierda su color este sueño que estáis construyendo para una Nápoles mejor y más bella. Continuad este Pacto, unid fuerzas, trabajad juntos —instituciones, Iglesia y sociedad civil— para levantar la ciudad, proteger a vuestros hijos de los peligros y devolver a Nápoles su vocación de ser capital de humanidad y esperanza.

Quiero recordar también el camino emprendido por la ciudad para redescubrir su vocación milenaria: ser puente natural entre las orillas del Mediterráneo. Nápoles no debe quedarse en una simple “postal” para turistas, sino convertirse en un taller abierto donde se construya una paz concreta, visible en la vida diaria.

La paz comienza en el corazón humano, pasa por las relaciones, se arraiga en los barrios y periferias y se expande a toda la ciudad y al mundo. Por eso es urgente trabajar dentro de la propia ciudad, promoviendo una cultura alternativa a la violencia mediante gestos cotidianos, educación y decisiones concretas de justicia.

Sabemos que no hay paz sin justicia, y que la justicia no puede separarse de la caridad. En esta línea nacen iniciativas como la Casa de la Paz y Casa Bartimeo, que ofrecen acogida, acompañamiento y oportunidades de reintegración.

Asimismo, juntos —comunidad eclesial y civil— estáis trabajando para que Nápoles sea una plataforma de diálogo intercultural e interreligioso. A través de iniciativas y acogiendo también a jóvenes de contextos de conflicto, como Gaza, podéis dar voz a una cultura de paz frente a la lógica de la violencia.

Nápoles muestra también su identidad en la acogida de migrantes y refugiados, vivida no como emergencia, sino como oportunidad de encuentro y enriquecimiento mutuo, gracias especialmente al trabajo de la Caritas diocesana.

Hermanos y hermanas, Nápoles necesita este impulso, esta energía del bien. Que sea un compromiso de todos, especialmente con los jóvenes, que no son solo destinatarios, sino protagonistas del cambio.

En una realidad marcada por la falta de oportunidades, los jóvenes son un recurso vivo. Lo demuestran en iniciativas culturales, educativas y sociales, donde aportan creatividad y compromiso.

Estas experiencias no son marginales: son signos concretos de una ciudad que puede regenerarse.

Os agradezco vuestra acogida y os encomiendo a la intercesión de María y de San Genaro.

¡Que el Señor os bendiga y bendiga a la ciudad de Nápoles!

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