Antonio Olivié
Este mes de junio el Papa León visitará España. Es el primer gran país europeo, fuera de Italia, al que viajará como pontífice. Y lo hace después de quince años sin que un obispo de Roma se acercara por allí.
El viaje a la Península Ibérica irá seguido, en el mes de septiembre, por la visita a Francia. Un país al que no viajaba un pontífice desde hace 18 años, cuando fue Benedicto XVI en 2008.
Se trata de los dos países con mayor número de católicos de Europa, solo por detrás de Italia, a los que el Papa Francisco no quiso acudir, como tampoco haría a su querida Argentina. La razón es que quiso dejar clara su preferencia por las zonas marginadas y perseguidas. Frente a quienes criticaban esa estrategia del pontífice anterior, solo quiero decir que nadie, tampoco él, prefería pasar unos días en una zona miserable que en un país europeo.
El mensaje que enviaba Francisco era muy claro. Ser cristiano quiere decir estar cerca de quienes sufren, de quienes nadie quiere visitar, aunque sea incómodo. Un ejemplo claro fue el viaje a Irak. Pocos años después de que el terrorismo del ISIS asolara el país, Francisco fue el primer líder internacional en visitarlo. Muchos le aconsejaron que no fuera, que era peligroso. Pero afrontó las consecuencias… y tuvo sus frutos. En agradecimiento a su visita, el gobierno de Irak decidió situar el día de Navidad, 25 de diciembre, como fiesta nacional. Algo inédito en un país de mayoría islámica.
El Papa León XIV ha continuado muchas de las líneas maestras de su predecesor, pero marcando su propia hoja de ruta. Y hay que recordar que antes que a Europa ha dado prioridad a su viaje en África. Pero a su juicio, uno de los elementos que es preciso cuidar ahora mismo es la Unidad de la Iglesia, un valor que se diluye cuando falta la cercanía y la atención.
España y Francia coinciden en mantener una sociedad con miedo al futuro, con tasas de natalidad muy bajas, con alto número de fracasos matrimoniales y mucha soledad. Ahí también está presente un tipo de marginalidad que no es del Tercer Mundo, pero que supone también una perifería existencial. En ese entorno de falta de esperanza, la propuesta cristiana es atractiva, porque ofrece una respuesta creíble y práctica, basada en la caridad y en la comunidad.
Y la realidad es que tanto en España como en Francia se advierte un despertar de la espiritualidad entre los jóvenes que no se daba en los últimos años. Son dos países muy descristianizados, pero en los surge una minoría comprometida a la que es preciso atender.
El Papa León cree que es el momento de estar presente allí y de apuntalar tanto la propuesta social, con la visita a los centros de emigrantes en Canarias, como la cultural, que supone la visita a la sede de la UNESCO en Francia. Es la organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura. Un ámbito en el que la Iglesia Católica tiene un impacto global y donde el Papa cree que es importante reforzar la presencia.
Y si un evento dejará claro el impacto de la Iglesia en ese ámbito cultural y artístico es la visita al templo de la Sagrada Familia en Barcelona. Un ejemplo de innovación y creatividad para el culto cristiano que ha marcado una gran ciudad.
Ese interés por volver a Europa contrasta con la opción del Papa Francisco de evitar el Viejo Continente, pero hay un evento este verano que refuerza la continuidad. Y es que el próximo día 4 de julio, en el 250 aniversario de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, el Papa León celebrará su fiesta nacional con los inmigrantes. Se desplazará a la isla de Lampedusa, en el sur de Italia. Es una pieza clave en las rutas de migrantes que vienen de África. Y es un lugar emblemático, porque ese fue el primer destino del Papa Francisco.
Ese destino y en esa fecha concreta, supone un mensaje muy claro a quienes aplauden una política agresiva con los inmigrantes, como el actual gobierno de los Estados Unidos. No significa que León apoye la inmigración descontrolada, pero sí defiende la dignidad de toda persona humana y una actitud compasiva ante quienes se ven forzados a escapar de su país.
Este desafío del siglo XXI no afecta solo a los Estados Unidos. Es un problema global ante el que la Iglesia Católica no tiene la solución, pero sí unos principios básicos de caridad y compasión que son básicos para la convivencia humana.





