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Rome Reports

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Papa en la Epifanía: Para encontrar a Dios hay que despojarse de los afectos mundanos


Un año más el Papa Francisco presidió la misa por la Solemindad de la Epifanía del Señor, una ocasión en la que se recuerda especialmente la gesta de los Tres Reyes Magos en busca del Niño Dios.

Ellos representan a todas las personas, dijo el Papa durante su homilía. Francisco también explicó que Dios vino al mundo para todos, pero no lo hizo entre los poderosos o para brillar más que ninguno sino que escogió la humildad, el mismo camino que debe seguir la Iglesia.

FRANCISCO
“Cuántas veces, incluso como Iglesia, hemos intentado brillar con luz propia. Pero nosotros no somos el sol de la humanidad. Somos la luna que, a pesar de sus sombras, refleja la luz verdadera, el Señor: Él es la luz de mundo, Él, no nosotros”.

El Papa insistió en que para encontrar la luz de Dios es necesario no quedarse parados como los escribas cosultados por Herodes, que sabían dónde había nacido el Mesías pero no se movieron.

FRANCISCO
“Pero para vestir el traje de Dios, que es sencillo como la luz, es necesario despojarse antes de los vestidos pomposos, en caso contrario seríamos como Herodes, que a la luz divina prefirió las luces terrenas del éxito y del poder. Los Magos, sin embargo, realizan la profecía, se levantan para ser revestidos de la luz. Solo ellos ven la estrella en el cielo; no los escribas, ni Herodes, ni ningún otro en Jerusalén”.

Buscar a Dios, humilde y pequeño, supone emprender un camino distinto, dijo Francisco, un camino alternativo al mundo como el que recorrieron María, José, los pastores y los Reyes Magos.

FRANCISCO
“Ellos, como los magos, han dejado sus casas y se han convertido en peregrinos por los caminos de Dios. Porque solo quien deja los propios afectos mundanos para ponerse en camino encuentra el misterio de Dios”.

Por último, el Papa invitó a hacer un regalo a Jesús en Navidad, no solo a regalarnos entre nosotros. Dijo que el oro, el incienso y la mirra son buenos presentes. Es decir, el oro que significa colocar a Dios en primer lugar; el incienso de dedicar tiempo a la oración; y la mirra para curar las heridas de quienes más sufren.