Daniel del Castillo González
Si quisieramos imaginarnos un día viviendo en la antigua Roma, el mejor aliado sería el Panteón.
Es el monumento mejor conservado de la ciudad eterna, donde los romanos veneraban a todos los dioses. De pasar a ser el templo de Agripa a lo que es hoy, una Iglesia: la de Santa María de los Mártires.
Y si por algo destaca el Panteón, es por su gran cúpula hemiesférica a cielo abierto que, además, sigue siendo un misterio que va más allá: un desafío a la ingeniería moderna.
La clave es su cúpula de 43 metros de altura. Una esfera perfecta con un gran óculo, que deja entrar el sol, la tormenta, pero también pétalos de rosa. Pero, ¿por qué y cómo hay una lluvia de flores? Su historia es sencilla, pero muy simbólica.
Cada domingo de Pentecostés, los 9 metros del ojo del Panteón se convierten en la puerta de entrada para el Espíritu Santo. Al menos, eso es lo que conmemora, el día que en que este se postró sobre los apóstoles.
En el Panteón, se representa con una lluvia de pétalos de rosa que tiñe el monumento de una profunda solemnidad, además de una belleza apta para turistas.
En los Hechos de los Apóstoles, se representa la venida del espíritu como lenguas de fuego, y quién mejor que los bomberos de Roma para llevar a cabo esta tradición floral.
Son los encargados de hacer llover estos pétalos, que caen directamente en el centro del templo, construido por Adriano.
La ceremonia une ingeniería romana, liturgia católica y espectáculo visual en uno de los monumentos más antiguos aún vivos de Occidente.
