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Papa en Santa Marta: Podemos curar con la paciencia, con un consejo, con una mirada


En su homilía en Casa Santa Marta, el Papa pidió a los católicos que jamás se sientan superiores a los demás. Les dijo que para convertirse y para ayudar a las personas hay que ser humildes. 

FRANCISCO
“Si un apóstol, un enviado, cualquiera de nosotros – muchos de nosotros somos enviados– va con la nariz para arriba, creyéndose superior a los demás o buscando algún interés humano o – no sé – buscando cargos en la Iglesia, jamás curará a nadie, no logrará abrir el corazón de nadie, porque su palabra no tendrá autoridad”.

El Papa concluyó diciendo que todos tenemos la capacidad “de curar con una buena palabra, con la paciencia, con un consejo dado a tiempo o con una mirada”, si se hace humildemente.

EXTRACTOS DE LA HOMILÍA

Fuente: Vatican News

Jesús envía a sus discípulos a “curar”, tal como Él mismo vino a hacer en el mundo, “Curar la raíz del pecado en nosotros, el pecado original”. Y “curar es un poco recrear”, señaló el Papa. “Jesús ha recreado desde la raíz, y después nos ha hecho ir adelante con su enseñanza, con su doctrina, que es una doctrina que cura”.

La primera curación es la conversión, en el sentido de abrir el corazón a fin de que entre la Palabra de Dios. Convertirse es mirar hacia otra parte, coincidir en otra parte. Y esto abre el corazón, hace ver otras cosas. Pero si el corazón está cerrado no puede ser curado. Si alguien está enfermo y por tenacidad no quiere ir al médico, no será curado. Y a ellos dice, primero: “Conviértanse, abran el corazón”. Nosotros los cristianos hacemos muchas cosas buenas, pero si el corazón está cerrado, es todo un barniz exterior.

Un barniz que con la primera lluvia desaparecerá. Por eso el Papa ha invitado a plantearse esta pregunta: “¿Yo siento esta invitación a convertirme, a abrir el corazón para ser curado, para encontrar al Señor, para ir adelante?”.

Para proclamar que la gente se convierta, se necesita autoridad. Y para ganársela, Jesús dice que “hay que llevar para el viaje sólo un bastón: ni pan, ni alforja, ni dinero”. En una palabra, la pobreza: “El apóstol, el pastor que no busca la leche de las ovejas, que no busca la lana de las ovejas”. 

El Papa aludió a cuanto afirma San Agustín quien “dice que al que busca la leche, busca el dinero y al que busca la lana, le gusta vestirse con la vanidad de su oficio. Es un escalador de honores”.

El Papa, en cambio, invitó a la “pobreza”, a la “humildad” y a la “mansedumbre”. Y decir, tal como Jesús exhorta en el Evangelio, “si no los reciben, ¡vayan a otra parte!”, haciendo el gesto de sacudirse las sandalias. Pero hacerlo con mansedumbre y con humildad, porque ésta es la actitud del apóstol.  

Si un apóstol, un enviado, cualquiera de nosotros – muchos de nosotros somos enviados– va con la nariz para arriba, creyéndose superior a los demás o buscando algún interés humano o – no sé – buscando cargos en la Iglesia, jamás curará a nadie, no logrará abrir el corazón de nadie, porque su palabra no tendrá autoridad.

El discípulo tendrá autoridad si sigue los pasos de Cristo. ¿Y cuáles son los pasos de Cristo? La pobreza. ¡De Dios que era, se hizo hombre! ¡Se ha aniquilado! ¡Se ha despojado! La pobreza que conduce a la mansedumbre, a la humildad. Jesús humilde que va por la calle para curar. Y así un apóstol con esta actitud de pobreza, de humildad, de mansedumbre, es capaz de tener autoridad para decir: “Conviértanse”, para abrir los corazones.

Y tras haber exhortado a la conversión, los enviados expulsaban muchos demonios, con la autoridad de decir: “No, ¡éste es un demonio! Y esto es pecado. ¡Ésta es una actitud impura! Tú no puedes hacerlo”. Pero hay que decirlo con “la autoridad del propio ejemplo, no con la autoridad de uno que habla desde arriba, sin interesarse por la gente”, subrayó Francisco. 

Y explicó que “ésta no es autoridad: es autoritarismo”. “Ante la humildad, ante el poder del nombre de Cristo con el que el apóstol realiza su oficio si es humilde, los demonios escapan”, porque no soportan, que curen los pecados.

Después, los enviados también curaban el cuerpo, ungiendo con óleo a muchos enfermos. “La unción es la caricia de Dios”, dijo el Papa. Y el óleo es siempre una caricia, ablanda la piel y hace que se esté mejor. Por lo tanto, los apóstoles deben aprender “esta sabiduría de las caricias de Dios”.

“Así un cristiano se cura, no sólo un sacerdote, un obispo”. Y recordó que “cada uno de nosotros tiene el poder de curar” al hermano o a la hermana “con una buena palabra, con la paciencia, con un consejo dado a tiempo, con una mirada, pero como el óleo, humildemente”.

Todos necesitamos ser curados, todos, porque todos tenemos enfermedades espirituales. Todos. Y también todos tenemos la posibilidad de curar a los demás, pero con esta actitud. Que el Señor nos dé esta gracia de curar como Él curaba: con la mansedumbre, con la humildad, con la fuerza contra el pecado, contra el diablo, y vayamos adelante en este hermoso "oficio" de curarnos entre nosotros: “Yo curo a otro, y me dejo curar por el otro”. Entre nosotros. Ésta es una comunidad cristiana.